Está claro que los
partidos políticos en México nos salen debiendo.
Pero, aunque parezca
exagerado, si hacemos una análisis profundo de la forma en que López Obrador
maneja su nuevo partido, es exactamente igual al de una secta religiosa, en la
cual el líder es el único que opina, cuestiona y sabe lo que se tiene que hacer.
Sus seguidores aplauden y callan. Y los que opinamos diferente somos
opositores, peñistas, príistas, panistas, afiliados a la mafia, ateos, hijos de
la gran puta.
En estas elecciones los
candidatos de MORENA no existen. El escenario es del dominio total del dueño
del changarro. En las mantas y volantes los peones salen fotoshopeados con el
JEFE.
La ambición de López
Obrador no tiene límites. Sabe que ésta es su última oportunidad para llegar a
la presidencia, pues si pierde las elecciones del 2018, para el 2024 tendrá 71
años. Está haciendo la oferta de lo imposible. Le habla a sus seguidores como
si fueran idiotas. A los padres de los normalistas, les prometió que si votan
por su partido, les permitirá que ellos elijan al fiscal general y al
secretario de seguridad pública. Prometió también la re-contratación de los
trabajadores de Mexicana y Luz y Fuerza. Según él, echará para abajo todas las
reformas de Peña Nieto, como si fuera tan fácil. ¿O acaso piensa emular a
Castro, a Chávez y a Maduro? Y a los jóvenes les prometió que todos,
absolutamente todos, podrán entrar a las universidades públicas. Sólo que les
den clases en los jardines.
¿Qué
sigue? ¿Que prometa que traerá vivos a los 42 normalista?