Mis libros

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jueves, 21 de agosto de 2014

El quehacer humanitario

Y de pronto todos son altruistas. Ahora sí todos quieren ayudar. Súbitamente a todos les preocupan los pacientes con Esclerosis lateral amiotrófica, aunque desde hace por los menos veinte años el físico Stephen Hawking haya llamado la atención de los medios, no sólo por su mente brillante, sino por esta enfermedad que lo tiene en una silla de ruedas.
El Ice Bucket Challenge es únicamente alimento para el ego. Es una diversión disfrazada de filantropía. Droga para narcisistas. “Miren, cuánto arriesgo mi salud por las víctimas de Esclerosis lateral amiotrófica”.
El trabajo altruista tiene otra cara y viste más humilde. Y de esta especie se conocen muy pocos, aunque haya muchos. Los héroes de verdad no suben al escenario cuando hay espectáculo, ellos están haciendo la chamba todo el año.
Y qué mejor ejemplo que los voluntarios de la Cruz Roja Mexicana. Aunque no lo crean hay quienes piensan que esta institución pertenece al IMSS o al ISSSTE. La Cruz Roja tiene empleados, pero también tiene muchísima gente sin goce de sueldo. Tan sólo en Polanco hay 80 enfermeras, 800 paramédicos y 150 adolescentes voluntarios, gente que además de sus actividades semanales va una o dos veces por semana a ayudar.
Ellos están en semana santa en Iztapalapa curándole los pies quemados a los nazarenos; el 15 y 16 de septiembre atendiendo borrachos, el 12 de diciembre a los peregrinos con las rodillas sangradas, y el resto del año atendiendo, accidentados, atropellados y baleados.
Los 150 adolescentes voluntarios que les mencioné se llaman “juventinos” y asisten todos los fines de semana a múltiples actividades como aprender a dar primeros auxilios, dar asistencia hospitalaria, dar animación hospitalaria (se visten de payasos para darles alegrías a niños con cáncer), visitas a casa hogar, asistir a los ciclistas en Reforma los domingos, entre muchas otras actividades.
Gratis.
Ayer entrevisté al coordinador de Juventud D.F., Isaac Cabrera, quien tiene 5 años en este cargo.
—¿Por qué lo haces? —le pregunté—. ¿Qué te gusta más de tu trabajo en la Roja?
—Lo hago por un compromiso personal de alcanzar los objetivos del área y por satisfacción personal. La convivencia con los chavos y poder hacer algo para cambiar. Y cambiar el lugar donde vivimos.
—Describe esa satisfacción personal.
—Las sonrisas de los niños. El agradecimiento de las personas.
—Háblame de alguna anécdota en la Roja que te haya cambiado o dejado una lección de vida.
—Sin duda alguna, cuando la tutora de un chavo que había estado en rehabilitación por drogadicción nos agradeció por la confianza y el tiempo que habíamos entregado a su hijo, ya que con la convivencia con el grupo había cambiado su carácter y forma de ver las cosas, que se había vuelto más accesible y agradecido en todos los sentidos. A la tutora se le llenaron de lágrimas los ojos y se le hizo un nudo en la garganta.
—Muchas gracias por aceptar esta entrevista. ¿Algo más que quieras agregar?
—Sólo que existimos diferentes áreas y el quehacer humanitario de la institución es muy diverso. Y va más allá de las ambulancias y hospitales con los que la gente normalmente asocia a la Cruz Roja.
—Muchas gracias.
—Por nada.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Filantropía enmascarada

Existe una fundación en México llamada “Fundación Mariposa” que dice que ayuda a niños a cumplir sus sueños de viajar a Disneylandia. Sí, así es. ¿Les sorprendió? El modús operandi es sencillo: ahorre. ¡Sí! Con cómodas mensualidades esta “fundación” le lleva a su chamaco de vacaciones. ¡Vaya negociazo!
Lo único ilegal de esta empresa es que trabaja como fundación, lo cual se presta para evadir impuestos. Las fundaciones en México no están obligadas a rendirle cuentas al SAT. Para la filantropía enmascarada no existen barreras. La mejor muestra está en la fundación de Vicente Fox y Martha Sahagún “Vamos México” ¿O era Vámonos de México? ¿Quieren saber cuánto dinero recibió esta fundación? 400 millones de pesos en seis años.
Si les pido que piensen en cinco fundaciones, les aseguro que podrán mencionarlas rápidamente. Y el modo también lo conocemos: en los cajeros del banco, en las cajas de los supermercados, el boteó en las calles, tarjetas de kilos de comida en tiendas, el espectáculo anual, y el ya famoso Ice Bucket Challenge.
De acuerdo con cifras oficiales para el año 2007 habían 75 595 fundaciones registradas en Estados Unidos. En México existen 430 organizaciones que llevan el nombre de “Fundación”. Falta sumarle las que se hacen llamar centro de, comisión, casa, asociación, grupo, iniciativa, liga, observatorio, patronato, programa, red, unidad y todas las que terminen con Asociación Civil (A.C.) o Institución de Asistencia Privada (I.A.P.).
No cabe duda que la filantropía ayuda a los más necesitados, lo digo en serio. Y existen muchas fundaciones que tienen luchas verdaderamente serias. El lado oscuro de esta historia está en algunos de sus creadores que se aprovechan de esto para vivir mejor y quienes donan —y lo hacen público— para sentirse menos miserables. Donar es fácil cuando se trata de cantidades irrisorias. Donar es fabuloso cuando las amistades en las redes sociales se enteran y le dan “like” al video del chapuzón con agua helada. Donar es maravilloso cuando se hace popular.
Si en verdad quisiéramos donar estaríamos cazando fundaciones todo el tiempo. O ya por lo menos, cada quincena. “Veamos, esta semana quiero donar cien pesos a la fundación llevemos comida a los rarámuris en la Sierra Tarahumara. Ah, no, ésa ya pasó de moda”.  
¿Qué pensará la gente de alguien así? “Pobre, no tiene vida ni perro que le ladre. No es para tanto. Con un balde de agua helada y diez pesos a la alcancía del Teletón una vez al año es más que suficiente”.

domingo, 17 de agosto de 2014

La confesión

El día que Reneé decidió contarle a su mejor amigo sobre sus preferencias sexuales sintió que la garganta se le exprimía. El sólo hecho de imaginar que perdería su amistad le había quitado el sueño por varias noches, pero tampoco quería seguir mintiendo, no a él. Necesitaba liberar ese secreto que tanto le había hecho sufrir por tantos años.
Por supuesto que no pensaba decírselo a sus padres. Ellos definitivamente no lo entenderían. Reneé jamás había sentido la libertad de hablar con ellos sobre su sexualidad, y de ninguna manera lo haría a esas alturas.
En cambio, con Alex tenía doce años de amistad, doce años de confidencias, doce años en la misma escuela, doce años ayudándose mutuamente. Sí, siempre supo que debió decírselo antes, por lo menos desde la secundaria, cuando ya había reconocido y aceptado en sí ese deseo prohibido, pero no podía. Se moría de miedo. Le preocupaba lo que su amigo pensara de él.
—Alex, tengo que contarte algo —le dijo sin mirarlo de frente.
Se encontraban en una banca del parque. Las hojas secas bailoteaban con el viento. Una ardilla corrió delante de ellos.
—Dime —no se mostró preocupado.
—Conocí a una persona…
—Sí, ya sé —sonrió, pero no le miró.
—¿Lo sabes? —su corazón comenzó a latir apresuradamente—. ¿Cómo?
—Te vi con ella.
—¿Me viste? —sintió que el corazón se le saldría en ese momento. Estaba claro de que él ya sabía que estaba saliendo con una mujer.
—La besaste —dijo con decepción.
—Sí... —agachó la cabeza—, soy heterosexual.

domingo, 10 de agosto de 2014

¿Adiós a la programación basura?


Hace tres décadas los televidentes estábamos condenados a tragarnos la misma mierda a la misma hora. Los niños no podíamos ver más caricaturas que las del cinco y las del trece, cuando era canal del Estado. Para los adultos sólo estaban las telenovelas de Lucía Méndez, Verónica Castro y Victoria Rufo; y por supuesto el, que entonces parecía perpetuo, noticiero de Jacobo Zabludovsky: 24 horas.
Únicamente aquellos que gozaban de una ostentosa —y por qué no decirlo: estorbosa— antena parabólica podían presumir que no tenían que ver la misma basura. Yo, por ser pobre, jamás tuve una en mi casa y nunca me enteré de qué tipo de programación tenían los “afortunados”.
Conocí la televisión de paga en 1989, cuando me mude a Estados Unidos, donde hasta los pobres podían pagar dicho servicio. Una de las cosas que llamó mi atención en aquellos años fue que el servicio llegaba por un cable y no por las antenas mamonas que se veían en las azoteas de México. Creo que para entonces ya habían pasado de moda en Estados Unidos.
Disfruté de la televisión de paga entre los quince y los dieciocho años. Me encantaba ver películas en HBO, Cinemax, Showtime y TNT, cuando la única forma de ver películas recientes era en esos canales. No había películas pirata ni mucho menos devedés. Luego me aburrió. Quizá porque fui creciendo y mis gustos se hicieron más exigentes.
Los partidos políticos han cacareado que con la nueva reforma de telecomunicaciones habrá más canales y mejor programación. Falso. Es una reforma que llegó demasiado tarde.
El único y verdadero cambio lo están haciendo los canales en internet. Y para ser más precisos: Netflix, que apostó por una innovadora forma de ofrecer programación a la carta, sin cortes comerciales y sin censura. Los sistemas de cable habían ofrecido algo parecido, graba tu programa… pero espera a que salga. ¿Y si no vi el primer capítulo de la nueva serie y no lo grabé? Ni modo, espere a que se retransmita por televisión abierta.
En alguna ocasión quise ver 24 y Mad Men pero no me atraparon porque ya iban en la temporada cuatro o siete, quién sabe. No entendí de qué trataba la serie. Con televisión a la carta uno puede ver la serie que uno quiera desde el primer capítulo, el día y a la hora que quiera, las veces que quiera y los capítulos que desee. Uno puede calificarlos y escribirle comentarios a Netflix como: “Esta serie me encantó”, o “está de la chingada”. Además están haciendo sus propias series como “House of cards” y “Orange is the new black”, las cuales son impecables y sin censura. Con la televisión abierta no había más que aguantarse, cambiarle o  apagarle.
Ahora bien, ¿con esto se va a acabar la programación basura? Lo dudo. Siempre habrá idiotas que quieran comer mierda, aderezada con anuncios de seudo-medicamentos para las hemorroides y la gastritis.

jueves, 7 de agosto de 2014

Total, ¿qué son cien pesitos?

Ahora que el PAN está haciendo campaña electoral con eso de la consulta popular sobre el aumento al salario mínimo, yo sugiero —digo, ya de paso, ¿no?— que agreguen en su cuestionario estás preguntas: ¿Está usted de acuerdo en que los políticos ganen más de un millón de pesos al año? ¿Está usted de acuerdo en que haya diez partidos políticos y que despilfarren millones de pesos en encuestas idiotas en vez de llevar manos a la obra?
La verdad es que en todo esto no hay más que mierda política. Campaña de emergencia de un partido con las uñas enterradas en el precipicio. ¿Para qué le mueven a los tamales si todavía no están cocidos?
Miguel Ángel Mancera, otro que nomás abrió la boca para quedar bien con los más pobres, propuso que se aumente a 100 pesos. Sí, cómo no. ¿Quién se la creyó? No quiero ser pesimista pero eso es inviable: sería como guardar esos cien pesos en una caja llena de pólvora. ¿Alguien tendrá un cerillo?
Pongamos un ejemplo: obligar a Wal Mart a que le suba el sueldo a sus 131,000 empleados únicamente provocaría que la empresa subiera los precios a todos sus productos —¿se acuerdan de la última vez que subió el limón?—, porque en este país, los ricos jamás pierden. Me sonó a título de telenovela. Ahora imaginemos que fuera en forma general. ¿Quién pagaría ese aumento de sueldo? La ciudadanía.
México es un país maquilador, porque en países como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Holanda, Japón, entre otros, los empleados no se dejan y porque están mejor preparados académica, política y profesionalmente. Ellos generan las ideas, los grandes inventos y descubrimientos científicos.
Y si en México se incrementara el salario mínimo de manera tan abrupta, estas empresas terminarían por irse a otros países donde la mano de obra salga barata.
Una vez más se ignora la base de todo este problema: la formación académica. Si no se tienen escuelas, en todo el país, hasta en el pueblo más pobre, con instalaciones y material didáctico adecuados, alimentos, docentes capacitados y un buen plan de estudios no se podrán generar alumnos preparados, quienes a futuro no lograrán ser empleados competentes; y sin empleados competentes no hay productividad; y sin productividad no hay dinero para las empresas; y si no hay dinero no hay sueldos más altos.
Como dato final: 60 % de los alumnos de educación media superior que tomaron la prueba ENLACE este año reprobó matemáticas. El 55 % apenas si comprende lo que lee.

¿Y los maestros cómo andan? Hace unas cuantas semanas el 60% de los aspirantes que intentaron obtener una plaza de maestro de primaria y secundaria en las escuelas públicas de México reprobaron. Uno pensaría, bueno fueron unos mil maestros. ¡No! Reprobaron 79,032 aspirantes.

martes, 5 de agosto de 2014

Primer capítulo de Cuitláhuac, entre la viruela y la pólvora

Se oye un lamento…
Es la agonía de mi pueblo. La voz desahuciada de un canto que se apaga. Cae la noche y los sonidos ya no son los mismos. Se escuchan detonaciones, trotes, relinchos, y ese ruido inconfundible de los trajes de metal y los largos cuchillos de plata. Se respira el hedor de la tortura: tripas podridas, mierda, pólvora, humo, leña ardiente, carne quemada, sangre chamuscada.
Los templos han perdido su esplendor. Las casas ya no tienen calor. Las flores que adornaban la ciudad ahora están marchitas. Del canto de las aves ya poco se escucha. Han buscado otros lugares para anidar. Las sonrisas de los niños se han desvanecido.
¡Basta!
¿En qué nos equivocamos?
En todo…
… y en nada.
Era inevitable. No se puede detener o desviar el curso de la vida. Este encuentro entre los hombres blancos y nosotros tenía que ocurrir algún día. Maldita la hora en que encontraron el camino. Malditos aquellos que nos traicionaron. Malditos todos. Maldita, palabra que vine a aprender de esta lengua.
Se oye un lamento…
Hemos permanecido toda la noche, en absoluto silencio, frente a la entrada principal de Las casas viejas. Somos alrededor de cinco mil soldados, todos con macahuitles, lanzas, arcos y flechas en mano. Cientos de mujeres caminan entre nosotros y nos entregan alimentos y bebidas, que muy pocos reciben. Llevamos más de doce horas sin atacar a los extranjeros. Ha lloviznado desde ayer en la tarde, por lo cual resulta casi imposible mantener encendidas las antorchas y las fogatas.
En la penumbra surge una silueta. La sombra de la muerte se extiende sobre el piso. Sale de Las casas viejas un hombre con la cabeza soslayada. No carga penacho, ni joyas, ni macahuitl; tan sólo un calzoncillo. Desde lejos se nota su tristeza. El motivo de su desconsuelo es el mismo por el que hemos estado llorando todos los pobladores de Meshíco Tenochtítlan desde el atardecer. Viene a anunciarnos que mi hermano Motecuzoma Shocoyotzin ha muerto.
Sabíamos que hoy —después de permanecer preso doscientos veintiséis días— moriría… porque así lo decidió. Así me lo ordenó antes de que Malinche, El dueño de Malintzin, me liberara. Motecuzoma sabía que jamás saldría con vida de esa prisión, irónicamente, la casa donde vivimos nuestra infancia, el palacio de mi padre, el huey tlatoani Ashayacatl.
Mi hermano llegó al final de su vida como un esqueleto. Desde que vinieron los barbudos disminuyó su alimentación a porciones mínimas, hubo días que únicamente bebía agua. Su preocupación era tanta que casi no dormía. Siempre fue un hombre delgado, fuerte y ágil, pero nunca el debilucho que acabó siendo. Jamás encontré tanta amargura en su rostro, ni vi su aspecto tan deplorable, como en los últimos meses. Motecuzoma iba a morir tarde o temprano. Él lo sabía, el tecutli Malinche lo sabía, yo lo sabía…