El día
que Reneé decidió contarle a su mejor amigo sobre sus preferencias sexuales sintió que la garganta se le exprimía. El sólo hecho de imaginar que perdería su amistad le había quitado el sueño por varias noches, pero tampoco
quería seguir mintiendo, no a él. Necesitaba liberar ese secreto
que tanto le había hecho sufrir por tantos años.
Por supuesto que no pensaba decírselo a sus
padres. Ellos definitivamente no lo entenderían. Reneé jamás había sentido la libertad
de hablar con ellos sobre su sexualidad, y de ninguna manera lo haría a esas
alturas.
En cambio, con Alex tenía doce años de
amistad, doce años de confidencias, doce años en la misma escuela, doce años
ayudándose mutuamente. Sí, siempre supo que debió decírselo antes, por lo menos desde la secundaria, cuando ya había reconocido y aceptado en sí ese deseo prohibido, pero no podía. Se
moría de miedo. Le preocupaba lo que su amigo pensara de él.
—Alex, tengo que contarte algo —le dijo sin
mirarlo de frente.
Se encontraban en una banca del parque. Las
hojas secas bailoteaban con el viento. Una ardilla corrió delante de ellos.
—Dime —no se mostró preocupado.
—Conocí a una persona…
—Sí, ya sé —sonrió, pero no le miró.
—¿Lo sabes? —su corazón comenzó a latir apresuradamente—.
¿Cómo?
—Te vi con ella.
—¿Me viste? —sintió que el corazón se le saldría
en ese momento. Estaba claro de que él ya sabía que estaba saliendo con una mujer.
—La besaste —dijo con decepción.
—Sí... —agachó la cabeza—, soy heterosexual.
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