Mis libros

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domingo, 29 de junio de 2014

La hormiga solitaria (cuento)


Llegué a casa poco después de las dos de la madrugada. Había pasado toda la tarde con mis amigos en un restaurante del centro, discutiendo el robo del siglo, la impunidad de los holandeses, la facilidad con la que fingen una falta, y claro, el descaro del pinche árbitro vendido que marcó el penal.
Pedimos cubetas de cerveza. Éramos nueve cabrones. Después del primero gol de los holandeses, Jorge, como siempre salió con sus mamadas de ave de mal agüero.
—Esto ya valió. Yo mejor me voy a mi casa. Aunque anote México, se lo van a anular o le van a marcar un penal.
—Pues lárgate a chingar a tu madre, pinche puto —dijo Salvador.
Y Jorge por joderlo se quedó.
Luego, llegó la desgracia y se acabó el sueño de ser campeones. Cinco de ellos pusieron su parte de la cuenta sobre la mesa y se fueron. Salvador y Jorge siguieron discutiendo por un largo rato.
—Fue tu culpa, les echaste la sal, hijo de la chingada.
—No mames, pendejo, ni que fuera brujo.
Mi esposa estuvo llame y llame, como siempre, para preguntar dónde estaba, que si iba a tardar mucho, que uno de los niños necesitaban unas monografías para la tarea.
—No me tardo —le respondí.
—Más te vale, Agustín —amenazó.
¿Y nuestra pena qué? A chingar a su madre todo. Estamos de luto. Apagué el celular.
Al dar la media noche Jorge dijo que iba al baño y no volvió. Una hora más tarde nos dimos cuenta de que el dinero ya no estaba sobre la mesa. Y la cuenta quedaba a cargo de tres.
—Ni madres, yo no voy a pagar toda la cuenta —dijo Salvador.
—Dile eso a los meseros, baboso y en un momento te echan a la policía —le respondió Juan Manuel. 
—Me vale —respondió.
Eso sí me enojó. Así que me le puse al tiro.
—Si tú pones un pie fuera de este lugar te alcanzo y te parto el hocico, cabrón —amenacé.
—¿A poco sí muy verga? —se burló.
—Cuando quieras y como quieras.
—Pues éntrale —dijo.
—Tú primero...
Entre tantos dimes y diretes terminamos pagando una cuenta de siete mil pesos.
Llegué a casa con todo el silencio del mundo. Afortunadamente no se despertaron ni mi esposa ni mis hijos. Ya mañana ella se cobrará todos mis desplantes de hoy. La conozco bien. Por eso no me preocupo.
Entré directo al baño. Y mientras cagaba vi una hormiga caminar por la pared. Una hormiga enorme. Tan grande que podría luchar contra una de esas cucarachas chicas que salen del jardín en ocasiones.
La verdad es que no sé nada de insectos. Ni idea de cuáles hormigas son venenosas. ¿Hay hormigas venenosas? De pronto pensé: “Qué idiota eres, Agustín”. Desvié la mirada. 
Cuando me estaba lavando las manos la vi de nuevo en la pared, a un lado de la toalla para las manos. Era negra, patona, cabezona.
—¿Y si sí es venenosa? —me pregunté.
Tomé dos cuadritos de papel de baño, los doblé y acerqué para atrapar a la hormiga. Al levantar el papel no vi al insecto. Lo busqué en el piso y en el lavabo y no lo encontré. Entonces la vi caminando en mi mano. Todo fue muy rápido. “Me va a morder”, pensé. ¿Las hormigas muerden o pican? Dirigí la mano al escusado y dejé caer el papel, el cual se mojó rápidamente, a pesar de quedar en una orilla donde no había el charco de agua que siempre se estanca.
Al voltear a la izquierda noté que la hormiga caminaba en el piso. No sé si decir que corría. ¿Corren las hormigas? El caso es que se movía con agilidad. Tomé otros dos cuadritos de papel, los doblé y me acerqué a la hormiga escurridiza. La capturé y lancé el papel al escusado. No la apachurré por miedo al sonido que produce triturar insectos. Las veces que he hecho eso imagino lo estruendoso que sonaría el cráneo de un humano en circunstancias similares.
Me detuve un instante a contemplar a la hormiga que nadaba en el agua hacia la orilla de esa alberca inmensa. Y lo logró: cual náufrago alcanzó el pedazo de papel doblado y mojado, como una tabla en medio del océano.
—Ya se ganó el derecho a vivir —pensé y luego recapacité—. ¿Cuál derecho? ¿Quién soy yo para quitarle la vida a un insecto indefenso? No me hizo nada. Debe haber miles de hormigas en toda la casa y yo ni me he dado cuenta.
La hormiga caminó hacia arriba con dificultad. La imaginé saliendo triunfante, soberbia, burlona: “Te chingué, cabrón.”
—¿Ah sí? —jalé la palanca y la hormiga se fue por el drenaje, en silencio.

Con alguien tenía que desquitar mi furia. Maldito árbitro. 

México no merece ganar el Mundial

Se acabó, por fin y para bien de la nación, el sueño guajiro de ganar el mundial. A partir de mañana todo volverá a la calma. Muchos dirían “a la normalidad”, pero no es la palabra correcta. Pues por sí misma discrimina: lo que no está en la norma esa anormal y por ende raro, inapropiado, absurdo, feo, incongruente, etcétera.
Es lo contrario al sentido común. Otro conjunto de palabras mal aplicadas. Sentido común no es razonar, sino ir con la norma, con la corriente. Y es ahí donde el fútbol y la norma hacen mancuerna. La necesidad de pertenecía es lo que lleva —aunque no se den cuenta de ello jamás— a la media a seguir la norma.
No se malinterpreten mis palabras. Es legítimo que a la gente le guste el fútbol o los deportes en general, así como a otros nos gusta la literatura. Tampoco pretendo insinuar que se vuelvan aficionados por hipocresía. No hay duda de que todas sus alegrías y tristezas son genuinas. Les creo cuando lloran y sufren por sus equipos. A mí también me enfadan las injusticias cometidas por los jugadores opositores y los árbitros. Detesto la injusticia en general.
Pero también creo que la injusticia de hoy —en el partido México vs. Holanda— le hace más bien al país que mal. Todos sabemos lo que habría sucedido si México hubiese pasado a los tan añorados cuartos de final. Millones habrían salido a celebrar —hasta ahí todo bien— y se habrían seguido con la borrachera hasta el amanecer. ¿Cuántos accidentes viales habrían ocurrido? Muchos dirán que esto no tiene nada qué ver, pero por algo cada año en las fiestas decembrinas se llevan a cabo campañas para disminuir la alta incidencia de accidentes ocasionados por el consumo inmoderado de alcohol, principalmente entre los jóvenes. ¿Cuántas vidas se salvaron?, por el momento, por lo menos. De acuerdo con Organización Panamericana de la Salud “En México los días jueves, viernes y sábado por la noche, se movilizan alrededor de doscientos mil conductores bajo influencia del alcohol y por este motivo mueren al año aproximadamente veinticuatro mil personas en accidentes automovilísticos relacionados con el consumo de alcohol.”
En Estados Unidos, Canadá, algunos países europeos y asiáticos, las escuelas secundarias y bachilleres tienen equipos de fútbol y básquetbol, por mencionar algunos. Para pertenecer a estos equipos, los estudiantes deben obtener buenas calificaciones. Deben merecerlo. Esta enseñanza es lo que los hace mejores en otras disciplinas. Primero la educación y luego la diversión. En México sucede todo lo contrario.
No cabe duda de que el fútbol y la religión encabezan la lista de prioridades de los mexicanos, aunque no lo admitan, aunque en las encuestas digan que son la educación, la salud y la satisfacción ante la vida. A México pueden robarle en las gasolineras, el cambio en el supermercado, su saldo del celular, el oro, la plata, el acero, el petróleo, las arcas nacionales, pero su pase a cuartos de final no. ¡Eso es imperdonable!
¿Qué pasaría si la selección mexicana ganara el Mundial? Se incrementaría descomunalmente la soberbia, que ya conocimos con la victoria de México contra Croacia. Es por ello que considero que México no merece ganar el Mundial, no por ahora.

El peso de la culpa




—La culpa es un costal que sube de peso con el paso de tiempo. Pero hay de culpas a culpas. Y de culpables está lleno el infierno. Hasta hace unos días mi vida había sido casi perfecta. Y quizá ese haya sido mi error el día que pensé que no me faltaba nada, que todo en mi vida era perfecto. Hasta que supe de la muerte de Juan.
—Sí, cómo no.
—No sea usted cabeza dura, señor. Ya le dije que quiero llevarme este cadáver. Deseo darle santa sepultura. ¿Qué no le basta con el dinero que le acabo de dar? ¿Para qué le interesa saber más? Ayer le dije por teléfono que el difunto era un gran amigo mío.
Sí, pero resulta que usted dice que su amigo se llamaba Juan y no es así. Al difunto lo reconocieron los vecinos como Leonardo.
—Así es, se llamaba Juan Leonardo.
¿Cuál era su apellido?
—No lo recuerdo.
¿Ya lo ve? Usted está mintiendo. ¿Cómo sé que usted no lo mató? Me acaba de decir que la culpa es un costal de papas y quién sabe qué tantas tonterías. ¿Cómo espera que le crea?
—Ya se lo dije. Juan Leonardo me pidió que lo llevara a su casa la noche del accidente; yo me negué, le dije que no tenía tiempo. Y por eso me siento culpable de su muerte.
Pero… —una sonrisa irónica— …si el difunto era un pordiosero.
—¿Qué?
¡Ya lo ve! —otra sonrisa irónica— A mí se me hace que usted lo mató. Lo mejor será que llamemos a las autoridades.
—¡No! —unos ojos inflados— Está bien. Si así lo quiere le diré la verdad pero necesito que me prometa que no llamará a la policía.
Lo escucho. Si logra convencerme lo dejaré llevarse al muertito. Pero de no ser así, levantaré ese teléfono y las autoridades se harán cargo del asunto.
—¡Está bien, está bien! Nada más deje me siento. ¿Puedo usar esta silla? ¡Qué frío hace aquí!
—Claro —dispara las pupilas al techo.
—Como le dije hace unos minutos, la culpa es un costal que sube de peso con el paso del tiempo. Y hasta hace unos días mi vida estaba casi libre de culpas. Usted sabe, nunca falta la trivialidad que lo inquieta a uno, pero nada que ver con lo ocurrido hace menos de una semana.
—¡Al grano, que ni el muertito ni yo tenemos su tiempo!
—Iba saliendo del trabajo, tenía prisa, necesitaba llegar a mi casa y darle una buena noticia a mi esposa.
—¿Qué noticia? Digo, a lo mejor eso nos da algunas pistas, señor... ¿Cómo me dijo que se llamaba?
—Pablo Ursúa Palafox. Esa noche me informaron en el trabajo que había recibido un aumento de sueldo.
—¿Y por eso lo mató?
—¡Déjeme hablar! El semáforo estaba en verde. Saqué el teléfono para marcarle a mi esposa y pedirle que se alistara para salir esa noche, pensaba llevarla a cenar. De pronto sentí que algo golpeó el auto, iba demasiado rápido, no me pude frenar. Pensé que había atropellado a un perro. Luego por el retrovisor vi que se trataba de una persona. Tuve mucho miedo. Ni siquiera intenté detener el auto. Llamé al número de emergencias y reporté los hechos con la esperanza de que pronto llegaran los paramédicos y lo atendieran.
Se me partió el alma en dos. Llegué a casa y tuve que fingir. Mi esposa se encontraba extremadamente feliz. Ella sabía que algo bueno tenía que contarle, pues muy pocas veces salimos de noche, la economía no nos ha dado para más. La llevé a un restaurante modesto; le conté lo del aumento e intenté sonreír lo más posible. «Qué tienes, mi vida», me preguntaba. ¿Y sabe usted qué le respondí? Le dije que me daba miedo no poder con las nuevas responsabilidades y tantas trivialidades. «Tú eres un gran hombre, profesional y responsable», me respondió. Y sentí un impulso por confesarle que había atropellado a un cristiano y que era un pedazo de mierda por no haberme detenido para asumir mi responsabilidad. Al llegar a casa, ella propuso que hiciéramos el amor. Accedí, pero desde el principio supe lo que ocurriría. No pude. ¿Usted me entiende?
—No —responde con un gesto serio.
—¿No? —insiste con asombro.
—Claro que no.
—Como sea —suspira—. No pude dormir esa noche. En cuanto supe que ella estaba dormida, me levanté de la cama y caminé a la sala. Fumé y fumé hasta el amanecer. La culpa me estaba estrangulando. ¿Alguna vez le ha ocurrido que las manecillas del reloj simplemente parecen no avanzar?
—No… Bueno, la vedad es que sí. Eso me ocurre cuando platico con los muertos.
—¿Qué? —levanta la cejas.
—Sí —sonríe—. Antes de hacerles la autopsia. Los observo, les hago preguntas, me presento, los tuteo… Eso sí con mucho respeto. Necesito su confianza, que me den permiso. Ya ve que los muertitos luego se enojan y hacen cosas. Entonces les anticipo que en unos minutos los voy a abrir: «Es por tu bien, compadre», les digo, necesitamos hacerte justicia, hay que investigar por qué estás aquí, en el gran palacio forense. Y es entonces cuando las manecillas del reloj parecen no avanzar. ¿Qué le puedo hacer? Me comen las ansias de abrir al cadáver. Luego uno se encuentra cada cosa que para qué le cuento. Mire que un día…
—Ya no me diga más. Con eso es suficiente.
—Tiene usted razón. Sígame contando qué ocurrió después de su crimen.
—¿Crimen? ¡Pero si fue un accidente!
—¡Lo que sea!
—No pude cerrar los ojos esa noche. Encendí el televisor y esperé a que dieran las seis de la mañana para ver las noticias y saber si reportaban algo.
—¿Las noticias?¿Por la muerte de un mendigo invidente? Eso a los noticieros no les importa.
—Lo sé. Por eso en cuanto pude salí en busca de un puesto de revistas; busqué en el periódico Lanota Roja hasta encontrar la noticia. Decía: «Bestia salvaje mata a un invidente. Los testigos afirmaron que el conductor de un auto de lujo, negro circulaba a exceso de velocidad a la altura de Álvaro Obregón y Avenida Insurgentes; se pasó el alto y se llevó consigo a un invidente que cruzaba la calle». Pero eso es mentira. A mí no me alcanza para comprar un auto alemán.
—¡No me diga, señor Ursúa, que tiene un carro alemán! —finge asombro.
—¡Cómo cree!
—A mí-se-me-hace-que-usted —canturrea y apunta con el dedo índice— sí-tiene-un-carro-alemán. Y no me lo quiere decir para que me conformé con el… —piensa en el adjetivo adecuado— do…na…tivo insulso que me acaba de dar.
—Ese no es el punto. Lo que me hizo sentir una cucaracha fue eso de Bestia salvaje que mató a un invidente. Yo no soy una bestia y no sabía que lo había matado y mucho menos que era invidente. La culpa se apoderó de mí. A partir de ese instante perdí la noción del tiempo, perdí la concentración, la confianza en mí mismo, la memoria, el hambre, el sueño. Mi jefe notó que algo me ocurría, me preguntó si me encontraba enfermo. Le mentí; le dije que todo estaba bien. «Pues apúrate, Pablo, que hoy debemos entregar el plan de ventas», me dijo. No me faltaba mucho para terminar. Escribí en la computadora: “Inversión estimada en activos fijos”.
—¿Y qué es un activo fijo? ¿Si está activo por qué se encuentra fijo?
—¡Eso qué importa! Lo que me petrificó fue que en ese momento se abrió una ventana de Internet. Decía: «Se estima que dos personas mueren atropelladas todos los días en esta ciudad».
—¡Ja! Eso es una vil mentira. ¿Quién publicó esa tarugada?
—¡Qué sé yo! Eso no me importa. Sentí que todos en la oficina me estaban viendo y me señalaban, que hablaban de mí. Cerré la ventana en la computadora y proseguí con mi trabajo. “Activos fijos”.
—¡Claro! Activos fijos. Es un conjunto de derechos y propiedades que una empresa utiliza como medios de explotación.
—¿Qué?
—Nada, no me haga caso, estaba pensando en voz alta.
—Como le iba diciendo, perdí la concentración y esa tarde no pude terminar lo que tenía pendiente. Le dije a mí jefe que tenía una emergencia. Se molestó. «Claro, nada más aseguran el puesto y se vuelven unos aprovechados», me dijo. Salí directo a casa. Necesitaba un poco de paz, descansar, dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior. Para llegar a mi casa, forzosamente tengo que circular por Álvaro Obregón y cruzar por Avenida Insurgentes. De pronto, vi, lo sé, estoy seguro que vi a un invidente cruzar la calle. No estoy loco, sé que lo viví, él se detuvo en medio de la calle, se quitó las gafas oscuras y me señaló con su bastón. Reaccioné rápidamente, di un volantazo para evitar atropellar a un cristiano más. Y me estrellé contra un árbol. Me bajé del auto para asegurarme, esta vez, que no había lastimado a alguien. Sentí la punzada de las miradas a mi espalda, escuché el murmullo de la gente; busqué al invidente que un minuto atrás cruzaba la calle. No lo encontré. Me subí a mi auto y me fui con un golpe en el lado izquierdo de mi carro. Llegué a casa y le pedí a mi esposa, mi linda Griselda, que me diera un masaje y que me dejara dormir toda la tarde y toda la noche si era posible. Griselda siempre ha tenido buena mano para los masajes. Y por eso logré relajarme hasta conciliar el sueño, que pronto se convirtió en pesadilla. El difunto apareció, caminaba hacia mi cama, con su bastón iba tocando los objetos en mi recámara, al sentir mis pies en la cama, los golpeó ligeramente, luego mi espalda, hasta llegar a mi cabeza. Me jaló del cabello y me obligó a despertar. Y lo vi, ahí, frente a mí, con la cara sangrada, con sus gafas oscuras; luego se las quitó y me mostró esos huecos donde debían estar sus ojos, esos hoyos vacíos escurriendo sangre, sangre que goteaba en mi rostro. «¡Tú me mataste desgraciado, me decía, confiésalo!» Entonces desperté y mi esposa se encontraba a un lado de mí, sentada en la cama. Ella siempre ha dicho que hablo dormido. Y ese día no fue la excepción. Dice que comencé a gritar: «¡Sí, yo fui, yo te maté, yo te maté!» Griselda dice que desde el lunes pasado digo lo mismo todas las noches. Y se lo creo. Porque veo al difunto en todas partes. Por eso quiero darle santa sepultura para que descanse en paz.

—¿Y por eso está tan preocupado?... No sea puto… Ándele —estira la mano y abanica los dedos—, deme el doble de lo que me ofreció, que yo me encargo de darle los santos oleos y un lindo entierro en la fosa común. Sáquese a chingar a su madre de aquí. Y si me sigue fregando, ahora sí le echo a las autoridades.

Lee la historia completa en "La nota roja".
De venta en Librerías Porrúa.


sábado, 28 de junio de 2014

En este país no importa lo que se diga sino quién lo diga

Hasta hace unas cuantas semanas, ningún mexicano había levantado la voz en contra del grito de “puto” en los estadios. Seguramente había muchos incómodos, pero en este país no importa lo que se diga sino quién lo diga. En este caso fue la FIFA, pero al recordar que dentro de cuatro y ocho años celebrará el mundial en dos países en los que se persigue la homosexualidad (Rusia y Qatar) decidió hacerse de la vista gorda ante su señalamiento.

Ayer uno de mis lectores señalaba que si la afición de habla inglesa gritara “faggot”, seguramente los mexicanos sí se ofenderían. Por supuesto. ¿Qué tal si gritaran indios mediocres? ¿O huevones obesos? Solo con leer esto duele, ¿verdad? Al mexicano todo lo que le digan le duele. Basta con recordar el berrinche que hicieron en el 2006, cuando el cantante italiano Tiziano Ferro dijo que las mujeres mexicanas eran feas y bigotonas.

Ni cómo olvidar los comentarios de Jeremy Clarkson, Richard Hammond y James May en la emisión del 30 de enero de 2011 en el programa Top Gear de la BBC de Londres, en la que hablaron del auto mexicano Mastretta 2011 MXT. Al referirse al vehículo, Richard Hammond dijo: "¿Por qué querrías un auto mexicano? Los autos reflejan las características nacionales, ¿no? Entonces, los autos alemanes están muy bien construidos y son implacablemente eficientes, los autos italianos son un poco extravagantes y rápidos. Un carro mexicano sólo sería flojo, irresponsable, flatulento". Jeremy Clarkson, dijo que sería "brillante" despertar y recordar que eres mexicano, "porque podrías simplemente regresar a dormir. La BBC tuvo que ofrecer disculpas porque los mexicanos se habían ofendido y la embajada de México en Inglaterra exigió una disculpa pública.

Me encantaría mencionar la infinidad de ocasiones en que los mexicanos se han ofendido por las bromas o comentarios sobre nosotros en películas, televisión y prensa de Estados Unidos, pero ya las conocemos.

Lo más lamentable de todo este asunto es la forma en la que muchos han amparado este seudo derecho de insultar, en lugar de detenerse a pensar, “Tienen razón, no es válido que insulte a otros, aunque para mí no suene tan ofensivo”. Sí, sí, sí, muchos han repetido hasta el hartazgo el argumento de que decir “puto” es muy común en México, casi como decir carnal. Pero el significado que se le da en los partidos es “poco hombre”, “maricón”, “puñal”.

Pero aludiendo a esa excusa, ¿por qué no pensar que en otros países sí tiene ese significado y sí ofende? Tomemos otras palabras como ejemplo: En Argentina, "cajeta" es una forma vulgar de llamarle a la vagina; en Venezuela le dicen "cuchara"; en República Dominicana y Cuba le llaman "papaya". En Guatemala les dicen “huecos” a las personas homosexuales; en República Dominicana les llaman "pájaros".

Ojalá los mexicanos defendieran otros derechos más importantes con la misma pasión con la que han escudado su postura sobre el grito de puto en los estadios.

Por cierto hoy se llevará a cabo la marcha del Orgullo LGBTTTI en la ciudad de México. Y con eso de que muchos dicen tener amigos gays, ¿cuántos de ustedes piensan publicar hoy en sus muros algo a favor de los derechos de esas personas tan recordadas en los partidos de fútbol? No, ¿verdad? No vayan a pensar sus amigos que son putos.

El derecho a celebrar o a protestar

Mexicanos al grito de la injusticia. O mejor dicho: de la doble moral. Casi todos sabemos que la justicia en este país es una utopía. Y si se trata de juzgar a las instituciones nos pintamos solos. Sabemos ese discurso a la perfección.

Sin embargo, para impartir justicia, los mexicanos somos pésimos. Por ejemplo: A todos nos molesta que bloqueen las calles por donde circulamos, y más aún si se nos hace tarde… Aunque nada más vayamos al cine. Las manifestaciones que no nos conciernen son un estorbo. Tocamos el claxon, gritamos, mentamos madres y nos desahogamos en las redes sociales. Pero si somos parte de la manifestación ¡háganse pa’ allá que me estoy manifestando! ¡Y me vale madres, cabrones, la calle es de todos!

Estoy a favor de las manifestaciones, la libertad de expresión, el reclamo a los gobernantes corruptos e impunes, pero siempre y cuando no se afecte a terceros. Hay ciudades en otros países donde las manifestaciones están reguladas: la gente tiene derecho a impedir el paso a otros por cuarenta segundos, un minuto, o dos.

El caso es que en este país, eso es a contentillo. Todos sabemos que en 2006, AMLO cerró Reforma y el GDF no movió un dedo para quitar las decenas de carpas vacías. ¿Y qué tal hace unos meses cuando los maestros de la CNTE tomaron las calles una y otra vez para impedir la reforma educativa?

El gobierno no hizo nada porque se trataba de dirigentes políticos y una gruesa rebanada del pastel llamado “electorado”. Pero este fin de semana un pequeño grupo de manifestantes incómodos por las adecuaciones del “Hoy no circula” sintieron la mano dura de la justicia. Entre macanazos y mentadas de madre les quitaron sus carros y se los llevaron al corralón.

Prohibido obstruir la vía pública.
Cierto.
Que se cumpla la ley.
Entonces...
¿Por qué no se hizo nada ayer que cientos salieron a celebrar el triunfo de la selección y tomaron Reforma?
¿Qué hay de aquellos que tenían que circular por ahí y no pudieron pasar?
¿Vale más el derecho a celebrar que el derecho a protestar?

El fútbol y yo

Muchos piensan que odio el fútbol soccer, pero no es así. Simplemente se me hace aburrido y simplón. Sé que esto que acabo de escribir generará incomodidad pero no es nada personal. Si de algo sirve, agregaré que el fútbol americano se me hace aún peor.

Los deportes en general no son lo mío. Cursé la secundaria en Estados Unidos, donde por ley todas las escuelas imparten una hora de educación física. Todos los días practicábamos algo distinto: béisbol, soccer, fútbol americano, básquetbol, voleibol, entre otros. Al llegar a la preparatoria, los que querían dominar algún deporte, podían inscribirse en los equipos escolares, después de clases. Incluso había curso de golf y tenis. Por algo Estados Unidos tiene tantos campeones olímpicos. Entonces, ¿por qué no me hice por lo menos seguidor de algún deporte? ¿Se debe a los libros? No. Mi pasión por la literatura llegó mucho tiempo después.

En los últimos años he intentado ver con agrado algún partido de fútbol, pero no puedo. No entiendo cómo millones de personas se pueden estresar tanto por el éxito o el fracaso ajeno. Disculparán mi escepticismo, pero cuando pienso en deportes imagino a magnates y políticos organizando los grandes torneos. Para muchos es mera casualidad; para otros, desgracia o suerte, pero para mí, que México empate con Brasil es un resultado impuesto por la política. Era políticamente necesario para ambos países. No había de otra. Otro caso que no me trago: la salida de España, que en los últimos años ha ganado quién sabe cuántos torneos. ¿De pronto pierde todo? ¿Y ante países como Chile que no están siquiera a su altura? Para mí la respuesta es simple: Nada puede ser más importante en España que la sucesión del rey. Que el dinero de la FIFA, que el equipo, que el orgullo. Nada. Las monarquías no comparten la gloria. Y un rey no toma posesión cada seis años.

Mi pronóstico es que Brasil ganará la copa, porque es lo necesita Dilma Rousseff para ganar las elecciones presidenciales en octubre de este año. Espero equivocarme.

Hoy te toca ir en micro

El GDF hizo una adecuación al «Hoy te toca ir en micro», ondeando la bandera del medio ambiente e imponiendo una de esas leyes que sólo sirven a... ya sabemos quién: las empresas automotrices. Autos con 15 años de antigüedad dejarán de circular dos veces a la semana.

Si en verdad les interesara el medio ambiente: 

• Sacarían de circulación todas las chatarras que transitan por la ciudad, llamadas transporte público, (incluyendo a las porquerías que ingresan del EdoMex) y esos camiones de carga y construcción que echan humo como trenes del siglo XIX.
• Pondrían fin a todas las extorsiones de los Verificentros.
• Construirían líneas del metro en el Anillo Periférico, en lugar de un segundo piso para más carros nuevos, y las avenidas más transitadas de la ciudad.
• Y por supuesto impondrían verdaderas sanciones a las fábricas que son en realidad las que más contaminan.

Que no se puede, que no hay dinero, que la infraestructura. Patrañas. En Hong Kong el gobierno cobra el 100% de impuestos a la compra de autos. ¿Pagar el doble de lo que cuesta un auto? Parece excesivo, ¿verdad? Lo cierto es que con ese dinero se mantiene una de las mejores redes de metro del mundo. ¿Que ahí hasta los ricos viajan en metro? No, no es para tanto. No sé quién inventó esa estupidez. En Hong Kong, en Tokio y en Londres los ricos viajan en carros de lujo.

Pero la clase baja y media tienen un medio de transporte seguro, confortable, limpio y eficiente. Lo que está haciendo el GDF únicamente servirá para ahorcar más las vialidades de esta ciudad.

Vecinos gregarios

Todos hemos sentido deseos de mentarle la madre a un vecino. Muchos lo han hecho; y seguramente, habrá alguno que se esté riendo en este momento recordando las consecuencias. Algunos golpes, ¿quizá?

Sobran motivos para caer en desacuerdo con un vecino. Casi siempre es culpa de ellos. Aja. Bueno, si fuera nuestra culpa no discutiríamos, ¿o sí? 

En mi caso, debo admitirlo, lo que estoy a punto de contarles, ha sido y será mi culpa. Sólo a mí se me ocurre dormir de día y trabajar de noche; y peor aún, en una ciudad donde el que no hace ruido, siente que no existe. No obstante, evito al máximo hacer ruido en las noches, para no despertar a mis vecinos. Si escucho música, lo hago con un volumen bajo o con audífonos.

En un día común escuchamos, además del tránsito, la bocina del vendedor de tamales oaxaqueños, el comprador de fierro viejo, la campana de la basura, la camioneta de helados con música de carrusel, el par de indígenas con trompeta y tambor que pasan de casa en casa pidiendo dinero, a veces la marimba, el de los globos, el de los merengues, el de los camotes, los carros que anuncian con tremendo bocinón la llegada de un circo; ¿y qué tal las avionetas que sobrevuelan veinte veces la misma zona para promocionar un evento político? Y si tienen perro y pericos, y pretenden dormir de día, este concierto se vuelve tortuoso.

El lugar donde vivo es una casa compartida y mi vecina del piso de arriba y arrendadora —tremendamente popular entre sus familiares y vecinos—, recibe visitas todos los días. Cuando recién llegué a esta casa, me despertaba el timbre todos los días. Eran las visitas de mis vecinos. No hay duda de que sabían qué timbre tocar; sin embargo, presionaban el de abajo, ¿como para ver si servía? Un día, —hace seis años, pocas semanas después de haberme mudado aquí— me harté y arranqué el cable del timbre.

Hasta hace poco, todo el concierto escandaloso que mal-arrullaba mi sueño, se vio invadido por cepillos de acero, pasos y gritos de una lado a otro. A la dueña de la casa se le ocurrió impermeabilizar la azotea. Días después me despertaron estruendosos martillazos. Ella decidió poner una puerta en su sala, donde sólo había pared. Y este fin de semana: un taladro incesante me despertó: había llegado el momento de cambiar el boiler, agregar un techo de lámina con barandal, cambiar el tinaco, y quién sabe qué más vendrá en las próximas semanas.

Insisto, la culpa es mía por trabajar de noche en una ciudad de vecinos tan gregarios. Tengo motivos de sobra para llevar esta rutina y no pienso cambiar mi horario. No escribo esto para pedir consejos sino para hacer catarsis, para compartir con ustedes un poco de lo que me sucede. Sólo eso. ¿Cómo dice el dicho? No tiene la culpa el indio, sino ¿quien le dio casa propia?

Acompañando a Cuitláhuac

Siempre que comienzo un libro, me sucede lo mismo: los personajes son como unas sombras detrás de un cristal opaco. Si son inventados por mí, tratarlos es un poco más fácil. Puedo hacerles travesuras y maldades. 

Pero cuando son personajes históricos el asunto es aún más complejo, porque, para empezar, la mayoría de las veces están mitificados. Como es el caso de Nezahualcóyotl y Cuauhtémoc a quienes tienen en un altar; y Motecuzoma y Cortés, en el pantano del desprecio. Una gran mayoría cree conocerlos por los adjetivos que los acompañan: Nezahualcóyotl, el poeta; Motecuzoma, el cobarde; Cuauhtémoc, el valiente; Cortés, el malo. Parece Lotería.

El caso es que hay un gran abismo entre estudiar a un personaje histórico y revivirlo —por decirlo de alguna forma—, darle voz, acompañarlo a lo largo de su vida, entenderlo, analizarlo, enojarse, reír, sufrir, llorar con él.

Vivir con ellos tantas noches, tantos meses, y llevarlos hasta su lecho de muerte siempre se me ha complicado, pues esas sombras detrás de un cristal, al final terminan siendo seres entrañables, sin importar sus acciones. Pues no estoy para juzgarlos, sino para darles voz.

Ahora que he acompañado a Cuitláhuac en su lucha contra la viruela y que lo he conocido tanto, siento algo de melancolía al saber que nuestro trayecto juntos está por concluir. Dentro de poco ya no será mi personaje, volverá al dominio público y será libre entre las páginas de esta novela.