Mexicanos al grito de la injusticia. O mejor dicho: de la doble moral. Casi todos sabemos que la justicia en este país es una utopía. Y si se trata de juzgar a las instituciones nos pintamos solos. Sabemos ese discurso a la perfección.
Sin embargo, para impartir justicia, los mexicanos somos pésimos. Por ejemplo: A todos nos molesta que bloqueen las calles por donde circulamos, y más aún si se nos hace tarde… Aunque nada más vayamos al cine. Las manifestaciones que no nos conciernen son un estorbo. Tocamos el claxon, gritamos, mentamos madres y nos desahogamos en las redes sociales. Pero si somos parte de la manifestación ¡háganse pa’ allá que me estoy manifestando! ¡Y me vale madres, cabrones, la calle es de todos!
Estoy a favor de las manifestaciones, la libertad de expresión, el reclamo a los gobernantes corruptos e impunes, pero siempre y cuando no se afecte a terceros. Hay ciudades en otros países donde las manifestaciones están reguladas: la gente tiene derecho a impedir el paso a otros por cuarenta segundos, un minuto, o dos.
El caso es que en este país, eso es a contentillo. Todos sabemos que en 2006, AMLO cerró Reforma y el GDF no movió un dedo para quitar las decenas de carpas vacías. ¿Y qué tal hace unos meses cuando los maestros de la CNTE tomaron las calles una y otra vez para impedir la reforma educativa?
El gobierno no hizo nada porque se trataba de dirigentes políticos y una gruesa rebanada del pastel llamado “electorado”. Pero este fin de semana un pequeño grupo de manifestantes incómodos por las adecuaciones del “Hoy no circula” sintieron la mano dura de la justicia. Entre macanazos y mentadas de madre les quitaron sus carros y se los llevaron al corralón.
Prohibido obstruir la vía pública.
Cierto.
Que se cumpla la ley.
Entonces...
¿Por qué no se hizo nada ayer que cientos salieron a celebrar el triunfo de la selección y tomaron Reforma?
¿Qué hay de aquellos que tenían que circular por ahí y no pudieron pasar?
¿Vale más el derecho a celebrar que el derecho a protestar?
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