43 es una cifra simbólica. Detrás de ésta se
encuentran otras más tétricas: 60,000 muertos durante el gobierno de Felipe
Calderón; 17,000 muertes durante los primeros dos años del gobierno de Enrique
Peña Nieto y 26,500 personas desaparecidas desde el 2007, según cifras
oficiales, aunque hay quienes aseguran que son 120,000 muertos.
43 normalistas, estudiantes, jóvenes, hijos, hermanos,
primos, amigos, vecinos... 43 seres humanos. Versiones van y vienen. Para unos
son víctimas y para otros delincuentes. Hay quienes
aseguran que fue el gobierno local impuesto por AMLO y otros que culpan al
gobierno de EPN. Se asegura, por un lado, que están vivos con la misma certeza
con la que "la verdad histórica" explicaba el lugar y el modo en el
que fueron calcinados.
Mientras tanto, los padres de los normalistas sufren
tres tragedias: 1. La desaparición de sus hijos. 2. La incapacidad del gobierno
para brindar respuestas. 3. La manipulación de los titiriteros (partidos
políticos) que han utilizado esta causa para beneficio propio.
120,000 muertes relacionadas con el crimen organizado
son razón suficiente para aterrarnos, para llorar, para querer salir de este
infierno. Me duele México. Me entristece saber que la ciudadanía también es
responsable. Sí, somos víctimas, pero de nosotros mismos: los mexicanos. (Ni los políticos ni los delincuentes de este país son europeos.) Somos responsables de una u otra
manera por permitir con nuestro voto, nuestra indiferencia, nuestra complicidad
que los gobiernos, las autoridades y los ciudadanos en general rompamos las
leyes.
Ojalá que la marcha de hoy por los 43 normalistas no
sirva nada más para responsabilizar al gobierno, mentarle la madre al
presidente o victimizarnos; sino que concientice, que despierte a la población
y nos lleve a preguntarnos a profundidad, todos los días y de diversas formas
cómo y por qué llegamos a esto; y a tomar acciones para solucionarlo, más allá
de esperar que papá gobierno se haga cargo.