Hoy es una de
esas fechas de las cuales todos recordamos perfectamente lo que estábamos
haciendo esa mañana.
Yo estaba
dando clases. En la entrada de la escuela había un televisor encendido todas
las mañanas con el noticiero de TvAzteca. Maestros y alumnos salimos de las
aulas para ver la primera de las Torres Gemelas con una nube de humo. Hasta el
momento se hablaba tan sólo de un accidente. Minutos después nos tocó ver lo
que parecía parte de una de las tantas películas norteamericanas
en las que los gringos destruyen sus edificios más importantes. Un segundo
avión se impactaba en el otro rascacielos. Se sumergía rápidamente en el
edificio hasta desaparecerse en una explosión. Las televisoras se encargaron de
repetir la escena hasta el hartazgo. Luego, la imagen de las personas brincando
por las ventanas, eligiendo una muerte menos tortuosa que la de las llamas. Y
finalmente el desplome de las torres. La realidad superaba al cine
hollywoodense y hacía de la humanidad un poco menos sensible.
Con el paso
del tiempo nos enteramos que el desplome de las Torres Gemelas (perfectamente
lineal, sin causar daño alguno a los edificios vecinos), no había sido
provocado por los aviones sino por la dinamita que había sido colocada
anticipadamente para la demolición (sin importar las vidas de 3000 personas); y
que el autor intelectual era el mismísimo presidente de los Estados Unidos,
aunque la versión oficial sigue culpando a los talibanes.
La Zona Cero,
donde hoy yacen dos lujosas cascadas, es una de las atracciones turísticas más
famosas de Nueva York, con un parque memorial conocido como 911 Memorial, cuyo
acceso supuestamente es gratuito, pero la tramitación del pase por internet
cuesta 2 dólares por persona y se sugiere una donación que va desde los 10
dólares; un museo para recordar los acontecimientos del 9/11 y cinco
rascacielos espectaculares. Y para quien quiera subir al observatorio del One
World Trade Center, sólo tiene que pagar 32 dolarucos.
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