Mis libros

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viernes, 29 de enero de 2016

Nació Sofía

El 26 de enero de 2016 nació Sofía de manera oficial, aunque siempre estuve ahí, debajo de un disfraz de hombre. Siempre en las tinieblas. Temerosa del repudio de la gente.

Llevaba mi vida entera sintiendo que no estaba en el cuerpo correcto, pero no lo entendía. Entre mis evocaciones más longevas se encuentran imágenes de un niño de cinco o seis años que jugaba con las niñas en la guardería. Recuerdo que sufría acoso escolar. Que los niños se burlaban de mí. Luego un golpe. Llegué llorando a casa y la respuesta de los adultos fue, que dejara de chillar, que me aguantara como los hombrecitos, que me defendiera. Para ello tenía un ejemplo a seguir: mi hermano, dos años mayor que yo. Un niño que irradiaba masculinidad. Travieso, desobediente, valiente. Me dedique a imitarlo. Hice de la violencia mi mayor defensa.

Tengo en mi memoria una imagen que jamás he podido olvidar. No sé por qué ni cómo llegué ahí, pero un día, supongo que tenía seis o siete años, me puse un vestido de mi hermana, cuatro años mayor. Es difícil recordar qué pasaba por mi mente en aquellos días. Evidentemente asumí que lo que hacía estaba mal, ya que lo mantuve en secreto por años. Un secreto que yo aseguraba se iría conmigo a la tumba.

Llegué a la pubertad sin aún comprender qué era lo que me sucedía. Pensaba como mujer, sentía como mujer, veía el mundo como mujer, quería ser mujer pero mi cuerpo era cada vez más masculino. Comencé a rasurarme las piernas a los doce años, cuando éstas se comenzaron a poblar. Nunca usaba pantalones cortos. Nadie podía darse cuenta si tenía vellos en las piernas o no. Pero no lo hacía por los demás, sino por mí, para mí. Pero ocurrió algo inesperado cuando me llevaron a vivir a Estados Unidos y me inscribieron a la escuela: tuve que usar shorts para la clase de educación física. De pronto una compañera se me acercó y pasó suavemente la palma de su mano sobre mi espinilla. “Do you shave your legs? They are so soft”, dijo. Fui el hazmerreír de todos por varias semanas.

Y así, tengo una larga lista de experiencias que me hacían sentir que no pertenecía al género masculino. Aunque hice todo lo posible por adaptarme al ambiente de los hombres, jamás logré sentirme parte de éste. Actuaba. Tenía que hacerlo, aunque repudiara sus bromas homofóbicas y misóginas. No entendía el ritual de la humillación entre ellos. Con el paso del tiempo me contaminé y me volví homofóbico.

En una ocasión, en compañía de un tercio de amigos, vi a una mujer transexual sentada en la mesa de un restaurante. Supongo que ya había visto otras anteriormente y no me había percatado. Pero ella fue como un imán para mí. No se trataba de atracción sexual sino de admiración. Por fin comprendía que transicionar era posible (aunque aún no sabía que se le llamaba transicionar). Moría de ganas por preguntarle cómo le había hecho. Pero ni cómo en compañía de mis amigos homófobos.

Por muchos años las mujeres transexuales han sido asociadas a la prostitución y la homosexualidad extrema. Incluso por escritores. Abundan las novelas en las que las mujeres trans son estigmatizadas: el maricón del barrio, la vestida, el travesti. El personaje exótico, agresivo, vulgar. Me atormentaba pensar que yo aspiraba a eso. Que vestirme como mujer me iba a dejar sin futuro, que terminaría en una esquina. En alguna ocasión escuché a alguien decir que las mujeres transexuales se operaban para poder prostituirse. Nada más estúpido. Se prostituyen porque no hay oportunidades laborales. (Para fortuna nuestra, las cosas están cambiando).

Creía que era gay, por mi forma de pensar, aunque tenía claro que no me gustaban los hombres. Me fascinan las mujeres. No entendía que la orientación sexual y la identidad de género son cosas muy distintas.

Fue gracias a la llegada del internet que pude comprender lo que me sucedía. Poco a poco la información comenzó a inundar la red. Blogs, videos, notas periodísticas. Investigué mucho por varios años antes de llegar a la conclusión de que yo tenía disforia de género. Descubrí que había miles de personas como yo, con la misma historia, con los mismos conflictos.

Lo más maravilloso fue descubrir que sí era posible cambiar de sexo. Existía una pócima mágica llamada tratamiento de remplazo hormonal. Tan sencillo como tomar pastillas en la mañana, tarde y noche. Por supuesto que con supervisión médica y luego de un examen psiquiátrico. Tampoco es de “ya llegué, dame medio kilo de hormonas”. Vi cientos de fotografías de mujeres trans que sí parecían mujeres. Lo que menos quería yo era verme como hombre vestido de mujer. Tampoco me interesaba ser drag queen. Yo quería todo o nada. Sé que suena descabellado, pero así funciona mi cerebro. También entendía que ya era algo tarde para obtener los cambios deseados. Entre más temprano inicie una persona su tratamiento hormonal, más fácil se obtiene la feminización. Para mi mala suerte yo había cometido el error de intentar masculinizar mi cuerpo con ejercicio años atrás, cuando era homofóbico. Estúpida yo. De haber sabido, habría iniciado mi transición a los diecisiete años.

Es difícil este sentimiento. Por un lado me arrepiento de no haberme informado antes, de no haber tenido el valor desde la adolescencia; por el otro, me siento satisfecha de no haberlo hecho, pues sé que mi vida no habría sido la misma. No me habría casado, ni habría ido a Atotonilco, ni habría conocido la iglesia que inspiró mi novela Cóatl. Tal vez jamás me habrían publicado. Quién sabe qué tipo de vida habría llevado entonces como mujer trans. Hace veinte años transicionar era mucho más difícil. Los tratamientos hormonales no eran tan accesibles como hoy en día ni había oportunidades laborales; a lo más que podían aspirar era a trabajar en una estética. Pero generalmente debían alquilar sus cuerpos en las calles y peor aún, arriesgar sus vidas. Incluso en estos días, el setenta por ciento de los crímenes de odio son en contra de mujeres transexuales.

Fueron años de incertidumbre. Me acababa de casar y no sabía cómo decirle a mi esposa que por fin había comprendido que mi condición tenía nombre y que había un tratamiento. Me aterraba que ella no lo aceptara. La amaba y no quería perderla. No era la primera vez que me sentía así. Lo había vivido con mis novias anteriores. Siempre tuve miedo de que algún día me descubrieran. La mayoría de las veces dejé que nuestra relación terminara antes de exponerme.

Inicié el tratamiento hormonal en octubre de 2010 pero lo abandoné meses después. Ya había publicado mis primeros libros y me daba temor echar por la borda lo que había logrado. Retomé las hormonas a finales del 2011 y las dejé en el 2012. Me estaban creciendo los senos. Tuve que apoyarme con diversos trucos para esconderlos. Retomé las hormonas en el 2013 y las volví a dejar. No era fácil. Mi superyó me atormentaba día y noche: “Eso que estás haciendo está mal. Debería darte vergüenza”. En enero del 2014 reinicié el tratamiento con la convicción de no dejarlo jamás, cosa que no he hecho hasta el día de hoy. Entre más evidentes se hacían los cambios, más miedo sentía. Me imaginaba un sinfín de insultos en las redes sociales, un abandono total por parte de mis lectores, familiares y amigos. Lo estaba arriesgando todo, incluyendo mi matrimonio. No tenía garantía de que tras hacer pública mi transición encontraría la felicidad. Entre más pasaba el tiempo, más difícil se me hacía usar ropa de hombre. Nunca me gustó y ahora menos. No la soporto. He vivido como mujer dentro de mi casa desde hace cinco años, pero no me atrevía a salir así a la calle.

A mediados del año pasado, ocurrió algo que desvaneció mi inseguridad: iba caminando en el tianguis con pelo relativamente corto, con pants y sin maquillaje (nunca salía con maquillaje) cuando de pronto una mujer me dijo: “¿Qué le damos, señorita?” Me sentí en la gloria. Con el paso del tiempo esto se fue incrementando hasta llegar al punto en el que toda la gente veía en mí a una mujer. Incluso los lectores me escribían que parecía mujer. Y más que ofenderme me halagaban. Hace apenas unas semanas me negaron la entrada a un corporativo. “Este IFE no es suyo, señorita”, me dijo la recepcionista y yo flotaba de felicidad.

Sin embargo no todo era felicidad. De hecho estaba en una crisis emocional muy severa. Me aterraba la idea de hacer pública mi transición. Sé que ya lo dije anteriormente pero eso sentí. Además se me juntaron una serie de problemas familiares y económicos. La noche del 24 de diciembre toqué fondo: En la más aterradora de mis soledades lloré incansablemente hasta el amanecer. Lo único que pasaba por mi mente era que debía quitarme la vida. No lo intenté. Pero la idea taladró mi cabeza hasta dejarla hecha moronas.

Sobreviví.

Decidí que, sin importar las consecuencias, este año haría pública mi condición. Para mi fortuna han sido más las personas que me han brindado su apoyo que las que me dieron la espalda o que por lo menos se hacen como que no se han enterado. Para ellos mi adiós; para los que siguen aquí, mi amor y gratitud infinita.

miércoles, 27 de enero de 2016

Yo soy Sofía



Yo soy Sofía,
tengo disforia de género,
soy una mujer transexual
y soy escritora.

Si para ustedes es difícil entender lo que les estoy contando, imaginen cuán difícil fue para mí a los siete años, en un ambiente lleno de prejuicios, desinformación, complejos, ignorancia, machismo y doble moral. Ahora imaginen el infierno no solo en mi cabeza, sino el de miles de niños y niñas que vivimos esto en la más aterradora de las soledades.

Con frecuencia me preguntaba: ¿Por qué a mí? ¿Por qué no puedo ser normal? Y únicamente me hacía daño al discriminarme a mí misma. Cientos de veces me prometí que este secreto se iría conmigo a la tumba. Pero el secreto se hacía cada día más pesado. Me aterraba imaginar lo que la gente pensaría de mí. Al final resultó que a la gran mayoría de esa gente no le interesa mi vida.

Para mucha gente la transexualidad es una extensión de la homosexualidad, algo así como la puerta "b" de la homosexualidad, o una forma más exagerada de ser gay. Nada más equivocado.

A mí jamás me han gustado los hombres.
Me gustan mucho las mujeres.

La transexualidad es el proceso de transitar de un sexo a otro, llevado a cabo por personas que nacen con una condición llamada "disforia de género" (también conocida como "discordancia sexo-genérica") en la cual una persona nace con cuerpo de mujer y cerebro de hombre, o cuerpo de hombre y cerebro de mujer. Imaginen la complejidad de vivir en un cuerpo con el cual no se identifican.

Es decir, una mujer que se identifica como hombre, piensa, se viste y actúa como hombre es un hombre transexual, pero vulgarmente son llamados "machorras". Lo mismo ocurre con un hombre que nace con cerebro femenino. Es una mujer transgénero. Hay quienes se someten a un tratamiento de remplazo hormonal y hay quienes no. Asimismo pueden hacerse diversas cirugías.

Ahora bien, esto no determina su orientación sexual. A una mujer u hombre transexual le pueden gustar las mujeres o los hombres. O ambos. Sí, suena confuso, pero no es anormal. En el mundo hay más diversidad de la que creemos conocer. Yo soy una mujer transexual lesbiana.

La homosexualidad es el gusto por personas del mismo sexo. La transexualidad es la transición de un sexo a otro y tiene que ver únicamente con la identidad de género.

miércoles, 13 de enero de 2016

Kate y El Chapo

No debería sorprendernos la ingenuidad de Kate del Castillo.
Primera porque todos sabemos que las actrices de telenovelas lo único que leen son guiones de telenovelas, salvo algunas excepciones.
Segunda porque la narco-cultura es como un imán. Basta con ver el éxito que han tenido los narco-corridos y las series producidas sobre el tema en los últimos años.
Y tercera, a todos nos encantan los villanos. El Marqués de Sade, Maquiavelo, Hitler, etc. La literatura y el cine no existirían sin ellos. Aunque en muchas películas el villano es una caricatura de la maldad, muy alejada de la realidad: Darth Vader, Maléfica. Pero lo cierto es que en la vida real no los queremos cerca. No aguantarían a un doctor House como jefe (solo por mencionar a un ojete de la pantalla chica). Pero les aseguro que no querrán tener una mamá como Mary, interpretada por Mo'nique en la película Precious.
Por lo anterior se entiende por qué Kate del Castillo se tragó el cuento de La reina del sur, serie inspirada en la novela de Arturo Pérez-Reverte, en la cual la protagonista es casi una víctima del narco. Se la creyó tanto que escribió una carta en la que decía que prefería tener a El Chapo como presidente de la República. Hay que ser verdaderamente ingenuos para pensar algo así. La continuación de la historia ya lo sabemos.
En el caso de Sean Penn no se trata de ingenuidad. No es reportero ni activista, es un cazador. Sus presas: el público. La carnada: estos personajes polémicos como Hugo Chávez, Fidel Castro y el Chapo.

Por otra parte, es bien sabido que El Chapo tiene una debilidad por las mujeres y al enterarse que a Kate se le caía la baba por él, pues "tráiganmela", le ha de haber dicho a sus abogados. "Que quiere traer a un actor gringo". "Pues que lo traiga". Joaquín Guzmán Loera les dio una lección de actuación a Kate del Castillo y a Sean Penn. Les dijo lo que ellos querían escuchar: "Yo soy un humilde campesino en busca de la felicidad."

La Inquisición de nuestros días

En la Inquisición de nuestros días cualquiera puede ser inquisidor. Únicamente necesita un dispositivo electrónico, cuentas en redes sociales y muchas ganas de enjuiciar y joder a alguien (de preferencia una político, un periodista de Televisa, un futbolista, un escritor, o una actriz que se atreva a entrevistarse con el Chapo).
¿Que si se requiere conocimiento alguno? ¡Bah! ¡Para nada! Ni una pizca. Para esta chamba no hacen falta las neuronas. Usted nada más invéntese una teoría sobre algo, no importa que tan estúpida sea, al fin y al cabo se la van a creer. Por ejemplo: que Peña Nieto se puso de acuerdo con El Chapo para que se dejara atrapar en el 2014 para crear una cortina de humo para desviar la atención de las reformas energética y educativa y que cuando quiso minimizar lo de Ayotzinapa en el 2015, pos lo dejó libre; y ahora que subió el dólar, pos otra vez, Chapito, vas pa' dentro. ¿A poco no está reguena la teoría?
Que si Loret de Mola graba un reportaje sobre la captura del Chapo y lo escoltan soldados de la Marina, seguramente es pa' crear un montaje. Que si hablan mal de AMLO, los tachas de pañabots. No hay pior ciego que el que no quiere ver. Que dicen algo de la virgencita de Guadalupe, les dices que son unos ateos y que... y que... y que hay que respetar las creencias religiosas de cada quien. La cosa es no dejarse.
¿Que no le gusta la política? No le saque. Hay pa' todos: espectáculos, deportes, defensa de los animales...
—Ah, eso suena gueno. Yo odio el maltrato a los animales.
—Pos ai ta’. En cuanto usted se entere de que alguien pretende dar su perro en adopción le tunde duro en el feis, el tuite y el yutu.
—Pero… ¿Y si no tiene dinero para mantenerlo?
—Le respondes: “Es tu perro y tú lo bañas”.
—¿Y si el pobre perro está enfermo?
—Es tu perro y tú lo bañas.
—¿Y si se tiene que cambiar de casa y donde va a vivir no puede tener perros?
—Es tu perro y tú lo bañas.
—¿Y si por cuestiones de trabajo no le puede dedicar el tiempo y el amor que el perro necesita?
—Es tu perro y tú lo bañas.
—Ah, mira, tá refácil esta chamba.

La pobreza de México

¿La pobreza de México es por culpa del gobierno o de los ciudadanos?
Para este momento, seguramente la mayoría de los que están leyendo esto ya tienen una respuesta: el gobierno. Maldito y corrupto gobierno. Siempre ha sido, es y será mucho más fácil culpar a otros de nuestra miseria, y de preferencia, al pinche gobierno. (Y más si se es fiel seguidor de San Andrés, aunque jamás se cuestionen por qué no erradicó la pobreza en los cinco años que estuvo al frente del gobierno de la Ciudad de México).
Pero también sería justo preguntarnos, ¿qué tanta responsabilidad tenemos cada uno de nosotros? ¿Por qué hay gente que tiene más que nosotros? El vecino, el viejo amigo de la prepa que ahora resulta que es gerente de una empresa, y sí, hay que señalarlo: Carlos Slim. (No faltará quien ya esté pensando: "Pos esque Salinas le regaló el Telmex"). Lo cierto es que el valor de esta empresa en los años noventa era muchísimo menor al actual. Slim la hizo eficiente, competente y la puso al nivel de las empresas más grandes del mundo. Él no nació millonario, ni heredó su riqueza de un día para otro.
Todos hemos pensado en algún momento que si el gobierno utilizara todos esos millones que se gastan en campañas electorales en repartirlo entre los más pobres se acabaría la miseria. Nada más alejado de la realidad. Si cada uno de los mexicanos recibiera cien mil pesos, les aseguro que más del noventa por ciento lo derrocharía. Quienes tienen hijos entenderán lo que digo.
Hay muchos que no sirven para administrar dinero y mucho menos, grandes cantidades. En otras palabras: nacieron para ser pobres. Un ejemplo muy claro: todas las ciudades de primer mundo están plagadas de pobres. La diferencia es que un pobre no se ve tan jodido en Hong Kong, Nueva York o París, como se ve en Oaxaca, Chiapas, o Guatemala. Ayer leía que el origen de la pobreza o de la miseria no siempre está en la ausencia de dinero, sino dentro de nuestra cabeza.http://m.excelsior.com.mx/de-la-red/2016/01/05/1066928…
Se puede argumentar que es por falta de oportunidades. Aunque no lo crean, en México sí hay muchas oportunidades: la escuela es gratuita hasta nivel universitario. (Por favor, no regresemos a la teoría del mártir: "Pero esque yo pasé mi examen y no me quedé, sufro, sufro".) Hay programas para emprendedores desde hace tres sexenios. Los servicios médicos, bien o mal, son gratuitos. Algo que no hay en países de primer mundo. O pagas tu seguro o te mueres. Hace unos días una amiga holandesa me contaba sobre las deficiencias en las clínicas en su país: a la mayoría de los pacientes los regresan a su casa sin medicamento.
Hace un par de años conocí a un señor de Oaxaca, cuyo aspecto era el de un mendigo. Luego me enteré que tenía tres casas, en dos de ellas rentaba ocho departamentos. Todo esto lo logró gracias a su esfuerzo: llegó de su pueblo al Estado de México hace veinte años, y se puso a vender tacos de canasta. Ahora tiene diez empleados repartidos en diferentes intersecciones, sentados en una silla, frente a una humilde canasta llena de tacos sudados.

Y antes de que alguien me diga que no sé de lo que hablo, les digo: yo sí sé lo que es la pobreza, la sufrí, pero eso no fue razón para sentarme a lloriquear y culpar al gobierno.

El avión presidencial

Mucho se ha hablado del alto costo del avión presidencial. Debo admitir que al principio también me escandalicé, como todos. Pero analizando las cosas concluyo que es algo necesario. Por ello creo justo que pongamos las cosas sobre la mesa:
1. EPN no decidió comprar el avión; fueron los diputados y senadores en el gobierno de Calderón.
2. El presidente no se llevará el avión al final del sexenio.
3. Es una inversión a largo plazo (por lo menos 25 años).
4. En el sexenio anterior fallecieron en vuelos dos Secretarios de Gobernación: Juan Camilo Mouriño, el 4 de noviembre del 2008 cuando el avión en el que volaba se estrelló cerca de la intersección del Periférico y Paseo de la Reforma; y Francisco Blake Mora, el 11 de noviembre de 2011, cuando el helicóptero en el que viajaba se estrelló en Chalco. Después de esto, quedó claro que la seguridad del presidente (no importa quién sea) está en peligro. La guerra contra el narcotráfico es un asunto muy serio. Hay que ser verdaderamente ingenuo para creer que el presidente de México podría viajar en un vuelo comercial como dice AMLO.
5. Los periódicos amarillistas han incluido al costo del avión las adaptaciones de seguridad y el mantenimiento (algo que será por muchos años). Se debe ser muy ignorante para creer que después de la compra una aeronave no se realizarán gastos de mantenimiento. Sería interesante que esos periodistas amantes del escándalo mediático también nos informaran cuánto cuesta el mantenimiento del Air Force One para que podamos comparar precios de verdad.
6. El avión presidencial no es el más caro de la historia. Costó 125 millones. El avión real de Arabia Saudita costó 500 millones de dólares. El avión presidencial de Francia costó 240 millones de dólares. Alemania, 238 millones. Y para los que dicen que el Air Force One es mucho más barato, ¿de verdad creen eso?, para reír. Pues les informó que el 28 de enero de 2015, la Fuerza Aérea de Estados Unidos anunció la compra de dos (leyó bien: dos. No uno. Dos) Boeing 747-8 para remplazar los actuales aviones presidenciales.

¡Niño, compórtate!

Ayer en una reunión familiar uno de mis sobrinos (el menor de los presentes), de aproximadamente siete años, comenzó a aburrirse. No había más niños de su edad. De pronto gritó desesperado: "¡Ya me quiero ir! ¡No quiero ser un aburrido!" Algunos de los invitados lo miraron con discreción y estoy casi seguro de que pensaron: "Qué niño tan mal educado".
Cabe mencionar que para entonces, varios de los asistentes se encontraban entretenidos con sus teléfonos celulares y otros simplemente tenían su atención fija en un televisor encendido en la esquina del restaurante. A lo que me refiero es que cuando los adultos nos aburrimos en eventos familiares nos distraemos con el Facebook o con cualquier tontería, y eso no está mal visto; pero cuando se trata de un niño, sí. "¡Niño, compórtate!".
Yo le dije a los papás que su hijo estaba en todo su derecho de reclamar. Con frecuencia a los adultos se nos olvida que también fuimos niños y que nos aburrían las cosas de los adultos. Los niños no tienen por qué aguantar los aburridos eventos de los adultos, porque son niños y su atención es de corto plazo. "Ya me aburrí, lo que sigue", así funciona. Así de simple.
Mis primos y yo fuimos sometidos a un régimen autoritario en la infancia: prohibido preguntar, prohibido gritar, prohibido esto, prohibido aquello. Y lo peor de todo: jamás nos dedicaron tiempo de calidad. Los adultos nunca corrieron con nosotros por la casa, ni se acostaron a jugar en el piso con nosotros, ni dibujaron, ni nos leyeron cuentos. Por el contrario: "Párate del piso, como tú no lavas la ropa, los niños no preguntan, ¿ya hiciste tu tarea?".
Recuerdo las crueles visitas a las casas de otros familiares. Y digo crueles, porque nosotros no podíamos pararnos de la mesa, correr al patio y mucho menos gritar: "¡Ya me quiero ir! ¡No quiero ser un aburrido!"

Insisto: los niños están en todo su derecho de reclamar, porque ellos no pidieron venir al mundo y no tienen por qué lidiar con el aburrido entorno de los adultos.

Día de los santos inocentes

Mañana será 28 de diciembre, día de los santos inocentes, cuyo fin es joderse al ingenuo que se deje, aunque supuestamente se conmemora la matanza de los niños menores de dos años nacidos en Belén, actual Cisjordania Palestina. Pero...

De acuerdo con el evangelio de Mateo, la matanza ocurrió después de la visita de los Reyes Magos al rey Herodes I el Grande. Lo cual tendría que ser después del 6 de enero, pero de entrada, los evangelios no dicen que se tratara de reyes, solo dicen «magos», lo cual podría entenderse como brujos; tampoco se mencionan sus nombres, ni la cantidad; podrían haber sido diez o veinte. ¿Entonces, quién carajos son Melchor, Gaspar y Baltazar? Ni siquiera el día del nacimiento está claro, pues ninguno de los evangelios especifica ni el día ni el mes. Tal vez nació el 10 de junio o el 3 de agosto. Lo digo porque de acuerdo con san Lucas 2.8-14 los pastores dormían al aire libre, lo cual en invierno es casi imposible ya que Belén, situada entre elevadas montañas, recibe frecuentes nevadas y las temperaturas en la noche llegan hasta los cero grados Celsius.

Ya saben cómo es eso de la mercadotecnia. Ah, no, ese día no hay regalos. Como sea, el caso es que como muchas cosas en la Biblia, este episodio es una mentirototota.


Pero regresando a la otra mentira que acusa al rey Herodes de haber mandado matar a todos los niños menores de dos años. Mateo y Lucas dicen en sus evangelios que Cristo nació bajo el reinado de Herodes el Grande, pero éste murió cuatro años antes de que Jesús naciera. Oh, es un milagro, regresó del más allá para cometer esta atrocidad.