El 26 de enero de 2016 nació Sofía
de manera oficial, aunque siempre estuve ahí, debajo de un disfraz de hombre.
Siempre en las tinieblas. Temerosa del repudio de la gente.
Llevaba mi vida entera sintiendo
que no estaba en el cuerpo correcto, pero no lo entendía. Entre mis evocaciones
más longevas se encuentran imágenes de un niño de cinco o seis años que jugaba
con las niñas en la guardería. Recuerdo que sufría acoso escolar. Que los niños
se burlaban de mí. Luego un golpe. Llegué llorando a casa y la respuesta de los
adultos fue, que dejara de chillar, que me aguantara como los hombrecitos, que
me defendiera. Para ello tenía un ejemplo a seguir: mi hermano, dos años mayor que
yo. Un niño que irradiaba masculinidad. Travieso, desobediente, valiente. Me
dedique a imitarlo. Hice de la violencia mi mayor defensa.
Tengo en mi memoria una imagen que
jamás he podido olvidar. No sé por qué ni cómo llegué ahí, pero un día, supongo
que tenía seis o siete años, me puse un vestido de mi hermana, cuatro años
mayor. Es difícil recordar qué pasaba por mi mente en aquellos días.
Evidentemente asumí que lo que hacía estaba mal, ya que lo mantuve en secreto
por años. Un secreto que yo aseguraba se iría conmigo a la tumba.
Llegué a la pubertad sin aún
comprender qué era lo que me sucedía. Pensaba como mujer, sentía como mujer,
veía el mundo como mujer, quería ser mujer pero mi cuerpo era cada vez más
masculino. Comencé a rasurarme las piernas a los doce años, cuando éstas se
comenzaron a poblar. Nunca usaba pantalones cortos. Nadie podía darse cuenta si
tenía vellos en las piernas o no. Pero no lo hacía por los demás, sino por mí,
para mí. Pero ocurrió algo inesperado cuando me llevaron a vivir a Estados Unidos y me
inscribieron a la escuela: tuve que usar shorts para la clase de educación
física. De pronto una compañera se me acercó y pasó suavemente la palma de su
mano sobre mi espinilla. “Do you shave your legs? They are
so soft”, dijo. Fui el hazmerreír
de todos por varias semanas.
Y así, tengo una larga lista de
experiencias que me hacían sentir que no pertenecía al género masculino. Aunque
hice todo lo posible por adaptarme al ambiente de los hombres, jamás logré
sentirme parte de éste. Actuaba. Tenía que hacerlo, aunque repudiara sus bromas homofóbicas y misóginas. No entendía el ritual de la humillación entre ellos. Con el paso del tiempo me contaminé y
me volví homofóbico.
En una ocasión, en compañía de un
tercio de amigos, vi a una mujer transexual sentada en la mesa de un
restaurante. Supongo que ya había visto otras anteriormente y no me había
percatado. Pero ella fue como un imán para mí. No se trataba de atracción
sexual sino de admiración. Por fin comprendía que transicionar era posible
(aunque aún no sabía que se le llamaba transicionar). Moría de ganas por
preguntarle cómo le había hecho. Pero ni cómo en compañía de mis amigos
homófobos.
Por muchos años las mujeres
transexuales han sido asociadas a la prostitución y la homosexualidad extrema.
Incluso por escritores. Abundan las novelas en las que las mujeres trans son
estigmatizadas: el maricón del barrio, la vestida, el travesti. El personaje exótico, agresivo, vulgar. Me atormentaba
pensar que yo aspiraba a eso. Que vestirme como mujer me iba a dejar sin
futuro, que terminaría en una esquina. En alguna ocasión escuché a alguien
decir que las mujeres transexuales se operaban para poder prostituirse. Nada
más estúpido. Se prostituyen porque no hay oportunidades laborales. (Para
fortuna nuestra, las cosas están cambiando).
Creía que era gay, por mi forma de
pensar, aunque tenía claro que no me gustaban los hombres. Me fascinan las
mujeres. No entendía que la orientación sexual y la identidad de género son
cosas muy distintas.
Fue gracias a la llegada del
internet que pude comprender lo que me sucedía. Poco a poco la información
comenzó a inundar la red. Blogs, videos, notas periodísticas. Investigué mucho
por varios años antes de llegar a la conclusión de que yo tenía disforia de
género. Descubrí que había miles de personas como yo, con la misma historia,
con los mismos conflictos.
Lo más maravilloso fue descubrir
que sí era posible cambiar de sexo. Existía una pócima mágica llamada
tratamiento de remplazo hormonal. Tan sencillo como tomar pastillas en la
mañana, tarde y noche. Por supuesto que con supervisión médica y luego de un
examen psiquiátrico. Tampoco es de “ya llegué, dame medio kilo de hormonas”. Vi
cientos de fotografías de mujeres trans que sí parecían mujeres. Lo que menos
quería yo era verme como hombre vestido de mujer. Tampoco me interesaba ser
drag queen. Yo quería todo o nada. Sé que suena descabellado, pero así funciona
mi cerebro. También entendía que ya era algo tarde para obtener los cambios
deseados. Entre más temprano inicie una persona su tratamiento hormonal, más
fácil se obtiene la feminización. Para mi mala suerte yo había cometido el
error de intentar masculinizar mi cuerpo con ejercicio años atrás, cuando era
homofóbico. Estúpida yo. De haber sabido, habría iniciado mi transición a los
diecisiete años.
Es difícil este sentimiento. Por un lado me
arrepiento de no haberme informado antes, de no haber tenido el valor desde
la adolescencia; por el otro, me siento satisfecha de no haberlo hecho, pues sé que mi vida no habría sido la misma. No me
habría casado, ni habría ido a Atotonilco, ni habría conocido la iglesia que
inspiró mi novela Cóatl. Tal vez jamás me habrían publicado. Quién sabe qué
tipo de vida habría llevado entonces como mujer trans. Hace veinte años
transicionar era mucho más difícil. Los tratamientos hormonales no eran tan
accesibles como hoy en día ni había oportunidades laborales; a lo más que podían
aspirar era a trabajar en una estética. Pero generalmente debían alquilar sus
cuerpos en las calles y peor aún, arriesgar sus vidas. Incluso en estos días,
el setenta por ciento de los crímenes de odio son en contra de mujeres
transexuales.
Fueron años de incertidumbre. Me
acababa de casar y no sabía cómo decirle a mi esposa que por fin había
comprendido que mi condición tenía nombre y que había un tratamiento. Me
aterraba que ella no lo aceptara. La amaba y no quería perderla. No era la
primera vez que me sentía así. Lo había vivido con mis novias anteriores.
Siempre tuve miedo de que algún día me descubrieran. La
mayoría de las veces dejé que nuestra relación terminara antes de exponerme.
Inicié el tratamiento hormonal en
octubre de 2010 pero lo abandoné meses después. Ya había publicado mis primeros
libros y me daba temor echar por la borda lo que había logrado. Retomé las
hormonas a finales del 2011 y las dejé en el 2012. Me estaban creciendo los
senos. Tuve que apoyarme con diversos trucos para esconderlos. Retomé las
hormonas en el 2013 y las volví a dejar. No era fácil. Mi superyó me
atormentaba día y noche: “Eso que estás haciendo está mal. Debería darte
vergüenza”. En enero del 2014 reinicié el tratamiento con la convicción de no
dejarlo jamás, cosa que no he hecho hasta el día de hoy. Entre más evidentes se
hacían los cambios, más miedo sentía. Me imaginaba un sinfín de insultos en las
redes sociales, un abandono total por parte de mis lectores, familiares y
amigos. Lo estaba arriesgando todo, incluyendo mi matrimonio. No tenía garantía
de que tras hacer pública mi transición encontraría la felicidad. Entre más
pasaba el tiempo, más difícil se me hacía usar ropa de hombre. Nunca me gustó y
ahora menos. No la soporto. He vivido como mujer dentro de mi casa desde hace
cinco años, pero no me atrevía a salir así a la calle.
A mediados del año pasado, ocurrió
algo que desvaneció mi inseguridad: iba caminando en el tianguis con pelo
relativamente corto, con pants y sin maquillaje (nunca salía con maquillaje)
cuando de pronto una mujer me dijo: “¿Qué le damos, señorita?” Me sentí en la
gloria. Con el paso del tiempo esto se fue incrementando hasta llegar al punto
en el que toda la gente veía en mí a una mujer. Incluso los lectores me
escribían que parecía mujer. Y más que ofenderme me halagaban. Hace apenas unas
semanas me negaron la entrada a un corporativo. “Este IFE no es suyo,
señorita”, me dijo la recepcionista y yo flotaba de felicidad.
Sin embargo no todo era felicidad. De
hecho estaba en una crisis emocional muy severa. Me aterraba la idea de hacer
pública mi transición. Sé que ya lo dije anteriormente pero eso sentí. Además
se me juntaron una serie de problemas familiares y económicos. La noche del 24
de diciembre toqué fondo: En la más aterradora de mis soledades lloré incansablemente hasta el amanecer. Lo único que pasaba por mi
mente era que debía quitarme la vida. No lo intenté. Pero la idea taladró mi
cabeza hasta dejarla hecha moronas.
Sobreviví.
Decidí que, sin importar las
consecuencias, este año haría pública mi condición. Para mi fortuna han sido
más las personas que me han brindado su apoyo que las que me dieron la espalda
o que por lo menos se hacen como que no se han enterado. Para ellos mi adiós;
para los que siguen aquí, mi amor y gratitud infinita.