Ayer en una reunión familiar uno de
mis sobrinos (el menor de los presentes), de aproximadamente siete años,
comenzó a aburrirse. No había más niños de su edad. De pronto gritó
desesperado: "¡Ya me quiero ir! ¡No quiero ser un aburrido!" Algunos
de los invitados lo miraron con discreción y estoy casi seguro de que pensaron:
"Qué niño tan mal educado".
Cabe mencionar que para entonces,
varios de los asistentes se encontraban entretenidos con sus teléfonos
celulares y otros simplemente tenían su atención
fija en un televisor encendido en la esquina del restaurante. A lo que me
refiero es que cuando los adultos nos aburrimos en eventos familiares nos
distraemos con el Facebook o con cualquier tontería, y eso no está mal visto;
pero cuando se trata de un niño, sí. "¡Niño, compórtate!".
Yo le dije a los papás que su hijo
estaba en todo su derecho de reclamar. Con frecuencia a los adultos se nos
olvida que también fuimos niños y que nos aburrían las cosas de los adultos.
Los niños no tienen por qué aguantar los aburridos eventos de los adultos,
porque son niños y su atención es de corto plazo. "Ya me aburrí, lo que
sigue", así funciona. Así de simple.
Mis primos y yo fuimos sometidos a
un régimen autoritario en la infancia: prohibido preguntar, prohibido gritar,
prohibido esto, prohibido aquello. Y lo peor de todo: jamás nos dedicaron
tiempo de calidad. Los adultos nunca corrieron con nosotros por la casa, ni se
acostaron a jugar en el piso con nosotros, ni dibujaron, ni nos leyeron
cuentos. Por el contrario: "Párate del piso, como tú no lavas la ropa, los
niños no preguntan, ¿ya hiciste tu tarea?".
Recuerdo las crueles visitas a las
casas de otros familiares. Y digo crueles, porque nosotros no podíamos pararnos
de la mesa, correr al patio y mucho menos gritar: "¡Ya me quiero ir! ¡No
quiero ser un aburrido!"
Insisto: los niños están en todo su
derecho de reclamar, porque ellos no pidieron venir al mundo y no tienen por
qué lidiar con el aburrido entorno de los adultos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario