Mis libros

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sábado, 28 de junio de 2014

Vecinos gregarios

Todos hemos sentido deseos de mentarle la madre a un vecino. Muchos lo han hecho; y seguramente, habrá alguno que se esté riendo en este momento recordando las consecuencias. Algunos golpes, ¿quizá?

Sobran motivos para caer en desacuerdo con un vecino. Casi siempre es culpa de ellos. Aja. Bueno, si fuera nuestra culpa no discutiríamos, ¿o sí? 

En mi caso, debo admitirlo, lo que estoy a punto de contarles, ha sido y será mi culpa. Sólo a mí se me ocurre dormir de día y trabajar de noche; y peor aún, en una ciudad donde el que no hace ruido, siente que no existe. No obstante, evito al máximo hacer ruido en las noches, para no despertar a mis vecinos. Si escucho música, lo hago con un volumen bajo o con audífonos.

En un día común escuchamos, además del tránsito, la bocina del vendedor de tamales oaxaqueños, el comprador de fierro viejo, la campana de la basura, la camioneta de helados con música de carrusel, el par de indígenas con trompeta y tambor que pasan de casa en casa pidiendo dinero, a veces la marimba, el de los globos, el de los merengues, el de los camotes, los carros que anuncian con tremendo bocinón la llegada de un circo; ¿y qué tal las avionetas que sobrevuelan veinte veces la misma zona para promocionar un evento político? Y si tienen perro y pericos, y pretenden dormir de día, este concierto se vuelve tortuoso.

El lugar donde vivo es una casa compartida y mi vecina del piso de arriba y arrendadora —tremendamente popular entre sus familiares y vecinos—, recibe visitas todos los días. Cuando recién llegué a esta casa, me despertaba el timbre todos los días. Eran las visitas de mis vecinos. No hay duda de que sabían qué timbre tocar; sin embargo, presionaban el de abajo, ¿como para ver si servía? Un día, —hace seis años, pocas semanas después de haberme mudado aquí— me harté y arranqué el cable del timbre.

Hasta hace poco, todo el concierto escandaloso que mal-arrullaba mi sueño, se vio invadido por cepillos de acero, pasos y gritos de una lado a otro. A la dueña de la casa se le ocurrió impermeabilizar la azotea. Días después me despertaron estruendosos martillazos. Ella decidió poner una puerta en su sala, donde sólo había pared. Y este fin de semana: un taladro incesante me despertó: había llegado el momento de cambiar el boiler, agregar un techo de lámina con barandal, cambiar el tinaco, y quién sabe qué más vendrá en las próximas semanas.

Insisto, la culpa es mía por trabajar de noche en una ciudad de vecinos tan gregarios. Tengo motivos de sobra para llevar esta rutina y no pienso cambiar mi horario. No escribo esto para pedir consejos sino para hacer catarsis, para compartir con ustedes un poco de lo que me sucede. Sólo eso. ¿Cómo dice el dicho? No tiene la culpa el indio, sino ¿quien le dio casa propia?

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