Mis libros

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sábado, 28 de junio de 2014

Acompañando a Cuitláhuac

Siempre que comienzo un libro, me sucede lo mismo: los personajes son como unas sombras detrás de un cristal opaco. Si son inventados por mí, tratarlos es un poco más fácil. Puedo hacerles travesuras y maldades. 

Pero cuando son personajes históricos el asunto es aún más complejo, porque, para empezar, la mayoría de las veces están mitificados. Como es el caso de Nezahualcóyotl y Cuauhtémoc a quienes tienen en un altar; y Motecuzoma y Cortés, en el pantano del desprecio. Una gran mayoría cree conocerlos por los adjetivos que los acompañan: Nezahualcóyotl, el poeta; Motecuzoma, el cobarde; Cuauhtémoc, el valiente; Cortés, el malo. Parece Lotería.

El caso es que hay un gran abismo entre estudiar a un personaje histórico y revivirlo —por decirlo de alguna forma—, darle voz, acompañarlo a lo largo de su vida, entenderlo, analizarlo, enojarse, reír, sufrir, llorar con él.

Vivir con ellos tantas noches, tantos meses, y llevarlos hasta su lecho de muerte siempre se me ha complicado, pues esas sombras detrás de un cristal, al final terminan siendo seres entrañables, sin importar sus acciones. Pues no estoy para juzgarlos, sino para darles voz.

Ahora que he acompañado a Cuitláhuac en su lucha contra la viruela y que lo he conocido tanto, siento algo de melancolía al saber que nuestro trayecto juntos está por concluir. Dentro de poco ya no será mi personaje, volverá al dominio público y será libre entre las páginas de esta novela.

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