Mis libros

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domingo, 29 de junio de 2014

El peso de la culpa




—La culpa es un costal que sube de peso con el paso de tiempo. Pero hay de culpas a culpas. Y de culpables está lleno el infierno. Hasta hace unos días mi vida había sido casi perfecta. Y quizá ese haya sido mi error el día que pensé que no me faltaba nada, que todo en mi vida era perfecto. Hasta que supe de la muerte de Juan.
—Sí, cómo no.
—No sea usted cabeza dura, señor. Ya le dije que quiero llevarme este cadáver. Deseo darle santa sepultura. ¿Qué no le basta con el dinero que le acabo de dar? ¿Para qué le interesa saber más? Ayer le dije por teléfono que el difunto era un gran amigo mío.
Sí, pero resulta que usted dice que su amigo se llamaba Juan y no es así. Al difunto lo reconocieron los vecinos como Leonardo.
—Así es, se llamaba Juan Leonardo.
¿Cuál era su apellido?
—No lo recuerdo.
¿Ya lo ve? Usted está mintiendo. ¿Cómo sé que usted no lo mató? Me acaba de decir que la culpa es un costal de papas y quién sabe qué tantas tonterías. ¿Cómo espera que le crea?
—Ya se lo dije. Juan Leonardo me pidió que lo llevara a su casa la noche del accidente; yo me negué, le dije que no tenía tiempo. Y por eso me siento culpable de su muerte.
Pero… —una sonrisa irónica— …si el difunto era un pordiosero.
—¿Qué?
¡Ya lo ve! —otra sonrisa irónica— A mí se me hace que usted lo mató. Lo mejor será que llamemos a las autoridades.
—¡No! —unos ojos inflados— Está bien. Si así lo quiere le diré la verdad pero necesito que me prometa que no llamará a la policía.
Lo escucho. Si logra convencerme lo dejaré llevarse al muertito. Pero de no ser así, levantaré ese teléfono y las autoridades se harán cargo del asunto.
—¡Está bien, está bien! Nada más deje me siento. ¿Puedo usar esta silla? ¡Qué frío hace aquí!
—Claro —dispara las pupilas al techo.
—Como le dije hace unos minutos, la culpa es un costal que sube de peso con el paso del tiempo. Y hasta hace unos días mi vida estaba casi libre de culpas. Usted sabe, nunca falta la trivialidad que lo inquieta a uno, pero nada que ver con lo ocurrido hace menos de una semana.
—¡Al grano, que ni el muertito ni yo tenemos su tiempo!
—Iba saliendo del trabajo, tenía prisa, necesitaba llegar a mi casa y darle una buena noticia a mi esposa.
—¿Qué noticia? Digo, a lo mejor eso nos da algunas pistas, señor... ¿Cómo me dijo que se llamaba?
—Pablo Ursúa Palafox. Esa noche me informaron en el trabajo que había recibido un aumento de sueldo.
—¿Y por eso lo mató?
—¡Déjeme hablar! El semáforo estaba en verde. Saqué el teléfono para marcarle a mi esposa y pedirle que se alistara para salir esa noche, pensaba llevarla a cenar. De pronto sentí que algo golpeó el auto, iba demasiado rápido, no me pude frenar. Pensé que había atropellado a un perro. Luego por el retrovisor vi que se trataba de una persona. Tuve mucho miedo. Ni siquiera intenté detener el auto. Llamé al número de emergencias y reporté los hechos con la esperanza de que pronto llegaran los paramédicos y lo atendieran.
Se me partió el alma en dos. Llegué a casa y tuve que fingir. Mi esposa se encontraba extremadamente feliz. Ella sabía que algo bueno tenía que contarle, pues muy pocas veces salimos de noche, la economía no nos ha dado para más. La llevé a un restaurante modesto; le conté lo del aumento e intenté sonreír lo más posible. «Qué tienes, mi vida», me preguntaba. ¿Y sabe usted qué le respondí? Le dije que me daba miedo no poder con las nuevas responsabilidades y tantas trivialidades. «Tú eres un gran hombre, profesional y responsable», me respondió. Y sentí un impulso por confesarle que había atropellado a un cristiano y que era un pedazo de mierda por no haberme detenido para asumir mi responsabilidad. Al llegar a casa, ella propuso que hiciéramos el amor. Accedí, pero desde el principio supe lo que ocurriría. No pude. ¿Usted me entiende?
—No —responde con un gesto serio.
—¿No? —insiste con asombro.
—Claro que no.
—Como sea —suspira—. No pude dormir esa noche. En cuanto supe que ella estaba dormida, me levanté de la cama y caminé a la sala. Fumé y fumé hasta el amanecer. La culpa me estaba estrangulando. ¿Alguna vez le ha ocurrido que las manecillas del reloj simplemente parecen no avanzar?
—No… Bueno, la vedad es que sí. Eso me ocurre cuando platico con los muertos.
—¿Qué? —levanta la cejas.
—Sí —sonríe—. Antes de hacerles la autopsia. Los observo, les hago preguntas, me presento, los tuteo… Eso sí con mucho respeto. Necesito su confianza, que me den permiso. Ya ve que los muertitos luego se enojan y hacen cosas. Entonces les anticipo que en unos minutos los voy a abrir: «Es por tu bien, compadre», les digo, necesitamos hacerte justicia, hay que investigar por qué estás aquí, en el gran palacio forense. Y es entonces cuando las manecillas del reloj parecen no avanzar. ¿Qué le puedo hacer? Me comen las ansias de abrir al cadáver. Luego uno se encuentra cada cosa que para qué le cuento. Mire que un día…
—Ya no me diga más. Con eso es suficiente.
—Tiene usted razón. Sígame contando qué ocurrió después de su crimen.
—¿Crimen? ¡Pero si fue un accidente!
—¡Lo que sea!
—No pude cerrar los ojos esa noche. Encendí el televisor y esperé a que dieran las seis de la mañana para ver las noticias y saber si reportaban algo.
—¿Las noticias?¿Por la muerte de un mendigo invidente? Eso a los noticieros no les importa.
—Lo sé. Por eso en cuanto pude salí en busca de un puesto de revistas; busqué en el periódico Lanota Roja hasta encontrar la noticia. Decía: «Bestia salvaje mata a un invidente. Los testigos afirmaron que el conductor de un auto de lujo, negro circulaba a exceso de velocidad a la altura de Álvaro Obregón y Avenida Insurgentes; se pasó el alto y se llevó consigo a un invidente que cruzaba la calle». Pero eso es mentira. A mí no me alcanza para comprar un auto alemán.
—¡No me diga, señor Ursúa, que tiene un carro alemán! —finge asombro.
—¡Cómo cree!
—A mí-se-me-hace-que-usted —canturrea y apunta con el dedo índice— sí-tiene-un-carro-alemán. Y no me lo quiere decir para que me conformé con el… —piensa en el adjetivo adecuado— do…na…tivo insulso que me acaba de dar.
—Ese no es el punto. Lo que me hizo sentir una cucaracha fue eso de Bestia salvaje que mató a un invidente. Yo no soy una bestia y no sabía que lo había matado y mucho menos que era invidente. La culpa se apoderó de mí. A partir de ese instante perdí la noción del tiempo, perdí la concentración, la confianza en mí mismo, la memoria, el hambre, el sueño. Mi jefe notó que algo me ocurría, me preguntó si me encontraba enfermo. Le mentí; le dije que todo estaba bien. «Pues apúrate, Pablo, que hoy debemos entregar el plan de ventas», me dijo. No me faltaba mucho para terminar. Escribí en la computadora: “Inversión estimada en activos fijos”.
—¿Y qué es un activo fijo? ¿Si está activo por qué se encuentra fijo?
—¡Eso qué importa! Lo que me petrificó fue que en ese momento se abrió una ventana de Internet. Decía: «Se estima que dos personas mueren atropelladas todos los días en esta ciudad».
—¡Ja! Eso es una vil mentira. ¿Quién publicó esa tarugada?
—¡Qué sé yo! Eso no me importa. Sentí que todos en la oficina me estaban viendo y me señalaban, que hablaban de mí. Cerré la ventana en la computadora y proseguí con mi trabajo. “Activos fijos”.
—¡Claro! Activos fijos. Es un conjunto de derechos y propiedades que una empresa utiliza como medios de explotación.
—¿Qué?
—Nada, no me haga caso, estaba pensando en voz alta.
—Como le iba diciendo, perdí la concentración y esa tarde no pude terminar lo que tenía pendiente. Le dije a mí jefe que tenía una emergencia. Se molestó. «Claro, nada más aseguran el puesto y se vuelven unos aprovechados», me dijo. Salí directo a casa. Necesitaba un poco de paz, descansar, dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior. Para llegar a mi casa, forzosamente tengo que circular por Álvaro Obregón y cruzar por Avenida Insurgentes. De pronto, vi, lo sé, estoy seguro que vi a un invidente cruzar la calle. No estoy loco, sé que lo viví, él se detuvo en medio de la calle, se quitó las gafas oscuras y me señaló con su bastón. Reaccioné rápidamente, di un volantazo para evitar atropellar a un cristiano más. Y me estrellé contra un árbol. Me bajé del auto para asegurarme, esta vez, que no había lastimado a alguien. Sentí la punzada de las miradas a mi espalda, escuché el murmullo de la gente; busqué al invidente que un minuto atrás cruzaba la calle. No lo encontré. Me subí a mi auto y me fui con un golpe en el lado izquierdo de mi carro. Llegué a casa y le pedí a mi esposa, mi linda Griselda, que me diera un masaje y que me dejara dormir toda la tarde y toda la noche si era posible. Griselda siempre ha tenido buena mano para los masajes. Y por eso logré relajarme hasta conciliar el sueño, que pronto se convirtió en pesadilla. El difunto apareció, caminaba hacia mi cama, con su bastón iba tocando los objetos en mi recámara, al sentir mis pies en la cama, los golpeó ligeramente, luego mi espalda, hasta llegar a mi cabeza. Me jaló del cabello y me obligó a despertar. Y lo vi, ahí, frente a mí, con la cara sangrada, con sus gafas oscuras; luego se las quitó y me mostró esos huecos donde debían estar sus ojos, esos hoyos vacíos escurriendo sangre, sangre que goteaba en mi rostro. «¡Tú me mataste desgraciado, me decía, confiésalo!» Entonces desperté y mi esposa se encontraba a un lado de mí, sentada en la cama. Ella siempre ha dicho que hablo dormido. Y ese día no fue la excepción. Dice que comencé a gritar: «¡Sí, yo fui, yo te maté, yo te maté!» Griselda dice que desde el lunes pasado digo lo mismo todas las noches. Y se lo creo. Porque veo al difunto en todas partes. Por eso quiero darle santa sepultura para que descanse en paz.

—¿Y por eso está tan preocupado?... No sea puto… Ándele —estira la mano y abanica los dedos—, deme el doble de lo que me ofreció, que yo me encargo de darle los santos oleos y un lindo entierro en la fosa común. Sáquese a chingar a su madre de aquí. Y si me sigue fregando, ahora sí le echo a las autoridades.

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