Hace tres
décadas los televidentes estábamos condenados a tragarnos la misma mierda a la
misma hora. Los niños no podíamos ver más caricaturas que las del cinco y las
del trece, cuando era canal del Estado. Para los adultos sólo estaban las
telenovelas de Lucía Méndez, Verónica Castro y Victoria Rufo; y por supuesto el,
que entonces parecía perpetuo, noticiero de Jacobo Zabludovsky: 24 horas.
Únicamente aquellos
que gozaban de una ostentosa —y por qué no decirlo: estorbosa— antena
parabólica podían presumir que no tenían que ver la misma basura. Yo, por ser
pobre, jamás tuve una en mi casa y nunca me enteré de qué tipo de programación
tenían los “afortunados”.
Conocí la
televisión de paga en 1989, cuando me mude a Estados Unidos, donde hasta los
pobres podían pagar dicho servicio. Una de las cosas que llamó mi atención en
aquellos años fue que el servicio llegaba por un cable y no por las antenas
mamonas que se veían en las azoteas de México. Creo que para entonces ya habían
pasado de moda en Estados Unidos.
Disfruté de la
televisión de paga entre los quince y los dieciocho años. Me encantaba ver
películas en HBO, Cinemax, Showtime y TNT, cuando la única forma de ver
películas recientes era en esos canales. No había películas pirata ni mucho
menos devedés. Luego me aburrió. Quizá porque fui creciendo y mis gustos se
hicieron más exigentes.
Los partidos
políticos han cacareado que con la nueva reforma de telecomunicaciones habrá
más canales y mejor programación. Falso. Es una reforma que llegó demasiado
tarde.
El único y
verdadero cambio lo están haciendo los canales en internet. Y para ser más
precisos: Netflix, que apostó por una innovadora forma de ofrecer programación
a la carta, sin cortes comerciales y sin censura. Los sistemas de cable habían
ofrecido algo parecido, graba tu programa… pero espera a que salga. ¿Y si no vi
el primer capítulo de la nueva serie y no lo grabé? Ni modo, espere a que se
retransmita por televisión abierta.
En alguna
ocasión quise ver 24 y Mad Men pero no me atraparon porque ya iban en la
temporada cuatro o siete, quién sabe. No entendí de qué trataba la serie. Con
televisión a la carta uno puede ver la serie que uno quiera desde el primer
capítulo, el día y a la hora que quiera, las veces que quiera y los capítulos
que desee. Uno puede calificarlos y escribirle comentarios a Netflix como:
“Esta serie me encantó”, o “está de la chingada”. Además están haciendo sus
propias series como “House of cards” y “Orange is the new black”, las cuales
son impecables y sin censura. Con la televisión abierta no había más que
aguantarse, cambiarle o apagarle.
Ahora bien, ¿con
esto se va a acabar la programación basura? Lo dudo. Siempre habrá idiotas que quieran comer mierda, aderezada con anuncios de seudo-medicamentos para las hemorroides y la gastritis.
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