Hace algunos años en un evento en la FIL Guadalajara, Fernando Vallejo dijo que a un libro lo destruyen tres personas: el autor, el editor y el lector. Se refería, por supuesto, al mensaje mal enviado por el autor, distorsionado por el editor y mal interpretado por el lector.
Tiene mucha razón: existe entre los humanos un severo problema de comunicación (y comprensión), más allá de los libros. Y se puede ver claramente en las redes sociales, ese laberinto infinito, del cual nadie se salva. Basta con que algún famoso lance una frase, cual semilla en la tierra más fértil del mundo, para que le comiencen a brotar cientos raíces. Raíces a las que pronto se le adhieren la mala hierba y las plagas.
Por ejemplo: hace unos días se hizo público un mensaje del papa en el que recomendaba a Argentina evitar la mexicanización. Refiriéndose al problema del narcotráfico. Utilizó una palabra que generaliza. Yo incluso hice una broma al respecto. Quizá en Argentina eso no se entienda así. Muchos se ofendieron.
Otro ejemplo: Una lectora me envió un link sobre el comentario de Denise Dresser en el cual dice: "si alguien en México piensa que se merece este gobierno, pues es, como decía Vargas Llosa, un masoquista".
Regresamos al asunto de la comprensión, la mala interpretación: En ningún momento dije que tengamos el gobierno que nos merecemos. Admiro a Denise Dresser y estoy de acuerdo con ella en que "tenemos derecho a aspirar a ciertos estándares de comportamiento decente de parte del gobierno". Sin embargo, desapruebo que no critique a la ciudadanía para no perder audiencia. No es la única. Hay muchos personajes de radio, televisión, prensa y otros medios, que evaden contradecir a la audiencia. Esa audiencia que escucha o lee lo que quiere, y no me refiero a su elección sino a su comprensión. Si el comentarista en radio o televisión es de su gracia, todo lo que diga se vuelva sagrado, pero... si se trata de esos personajes que odian, nada, absolutamente nada de lo que diga por el resto de su vida, será digno de ser tomado en cuenta. Basta con echar un vistazo a las páginas de Carlos Loret de Mola, León Krauze, o Ciro Gómez Leyva, entre los personajes más odiados por la izquierda radical. La cantidad de insultos es increíble.
El anonimato de las redes sociales le ha dado a muchos cobardes el valor de insular a diestra y siniestra, lo que hoy en día se llama "trolleo"; a muchos ignorantes la libertad de comentar sin leer a fondo. En fin, así son estos tiempos.
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