Mis libros

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domingo, 29 de junio de 2014

La hormiga solitaria (cuento)


Llegué a casa poco después de las dos de la madrugada. Había pasado toda la tarde con mis amigos en un restaurante del centro, discutiendo el robo del siglo, la impunidad de los holandeses, la facilidad con la que fingen una falta, y claro, el descaro del pinche árbitro vendido que marcó el penal.
Pedimos cubetas de cerveza. Éramos nueve cabrones. Después del primero gol de los holandeses, Jorge, como siempre salió con sus mamadas de ave de mal agüero.
—Esto ya valió. Yo mejor me voy a mi casa. Aunque anote México, se lo van a anular o le van a marcar un penal.
—Pues lárgate a chingar a tu madre, pinche puto —dijo Salvador.
Y Jorge por joderlo se quedó.
Luego, llegó la desgracia y se acabó el sueño de ser campeones. Cinco de ellos pusieron su parte de la cuenta sobre la mesa y se fueron. Salvador y Jorge siguieron discutiendo por un largo rato.
—Fue tu culpa, les echaste la sal, hijo de la chingada.
—No mames, pendejo, ni que fuera brujo.
Mi esposa estuvo llame y llame, como siempre, para preguntar dónde estaba, que si iba a tardar mucho, que uno de los niños necesitaban unas monografías para la tarea.
—No me tardo —le respondí.
—Más te vale, Agustín —amenazó.
¿Y nuestra pena qué? A chingar a su madre todo. Estamos de luto. Apagué el celular.
Al dar la media noche Jorge dijo que iba al baño y no volvió. Una hora más tarde nos dimos cuenta de que el dinero ya no estaba sobre la mesa. Y la cuenta quedaba a cargo de tres.
—Ni madres, yo no voy a pagar toda la cuenta —dijo Salvador.
—Dile eso a los meseros, baboso y en un momento te echan a la policía —le respondió Juan Manuel. 
—Me vale —respondió.
Eso sí me enojó. Así que me le puse al tiro.
—Si tú pones un pie fuera de este lugar te alcanzo y te parto el hocico, cabrón —amenacé.
—¿A poco sí muy verga? —se burló.
—Cuando quieras y como quieras.
—Pues éntrale —dijo.
—Tú primero...
Entre tantos dimes y diretes terminamos pagando una cuenta de siete mil pesos.
Llegué a casa con todo el silencio del mundo. Afortunadamente no se despertaron ni mi esposa ni mis hijos. Ya mañana ella se cobrará todos mis desplantes de hoy. La conozco bien. Por eso no me preocupo.
Entré directo al baño. Y mientras cagaba vi una hormiga caminar por la pared. Una hormiga enorme. Tan grande que podría luchar contra una de esas cucarachas chicas que salen del jardín en ocasiones.
La verdad es que no sé nada de insectos. Ni idea de cuáles hormigas son venenosas. ¿Hay hormigas venenosas? De pronto pensé: “Qué idiota eres, Agustín”. Desvié la mirada. 
Cuando me estaba lavando las manos la vi de nuevo en la pared, a un lado de la toalla para las manos. Era negra, patona, cabezona.
—¿Y si sí es venenosa? —me pregunté.
Tomé dos cuadritos de papel de baño, los doblé y acerqué para atrapar a la hormiga. Al levantar el papel no vi al insecto. Lo busqué en el piso y en el lavabo y no lo encontré. Entonces la vi caminando en mi mano. Todo fue muy rápido. “Me va a morder”, pensé. ¿Las hormigas muerden o pican? Dirigí la mano al escusado y dejé caer el papel, el cual se mojó rápidamente, a pesar de quedar en una orilla donde no había el charco de agua que siempre se estanca.
Al voltear a la izquierda noté que la hormiga caminaba en el piso. No sé si decir que corría. ¿Corren las hormigas? El caso es que se movía con agilidad. Tomé otros dos cuadritos de papel, los doblé y me acerqué a la hormiga escurridiza. La capturé y lancé el papel al escusado. No la apachurré por miedo al sonido que produce triturar insectos. Las veces que he hecho eso imagino lo estruendoso que sonaría el cráneo de un humano en circunstancias similares.
Me detuve un instante a contemplar a la hormiga que nadaba en el agua hacia la orilla de esa alberca inmensa. Y lo logró: cual náufrago alcanzó el pedazo de papel doblado y mojado, como una tabla en medio del océano.
—Ya se ganó el derecho a vivir —pensé y luego recapacité—. ¿Cuál derecho? ¿Quién soy yo para quitarle la vida a un insecto indefenso? No me hizo nada. Debe haber miles de hormigas en toda la casa y yo ni me he dado cuenta.
La hormiga caminó hacia arriba con dificultad. La imaginé saliendo triunfante, soberbia, burlona: “Te chingué, cabrón.”
—¿Ah sí? —jalé la palanca y la hormiga se fue por el drenaje, en silencio.

Con alguien tenía que desquitar mi furia. Maldito árbitro. 

3 comentarios:

  1. Excelente me gusto.
    En ese sin sabor de querer desquitarse con algo o con alguien por una frustración o impotencia de algo, al final es algo estúpido y satisfactorio.

    Saludos en espera de más cuentos

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  2. Bien. Pero me hubiera gustado que Agustín al final del cuento, despertará de una terrible pesadilla, una muy cruda pesadilla.

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  3. Uno tiene que ser chingón en algún lado y tener la ultima palabra, y como no va a discutir con las personas aunque es cruel, se desquita con un animal. Me pregunto ¿Con qué animal se habrá desquitado Agustín, después de los reclamos de su esposa, al día siguiente?

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