Llegué a
casa poco después de las dos de la madrugada. Había pasado toda la tarde con
mis amigos en un restaurante del centro, discutiendo el robo del siglo, la
impunidad de los holandeses, la facilidad con la que fingen una falta, y claro,
el descaro del pinche árbitro vendido que marcó el penal.
Pedimos
cubetas de cerveza. Éramos nueve cabrones. Después del primero gol de los
holandeses, Jorge, como siempre salió con sus mamadas de ave de mal agüero.
—Esto ya
valió. Yo mejor me voy a mi casa. Aunque anote México, se lo van a anular o le
van a marcar un penal.
—Pues
lárgate a chingar a tu madre, pinche puto —dijo Salvador.
Y Jorge por
joderlo se quedó.
Luego,
llegó la desgracia y se acabó el sueño de ser campeones. Cinco de ellos
pusieron su parte de la cuenta sobre la mesa y se fueron. Salvador y Jorge
siguieron discutiendo por un largo rato.
—Fue tu
culpa, les echaste la sal, hijo de la chingada.
—No mames,
pendejo, ni que fuera brujo.
Mi esposa
estuvo llame y llame, como siempre, para preguntar dónde
estaba, que si iba a tardar mucho, que uno de los niños necesitaban unas
monografías para la tarea.
—No me
tardo —le respondí.
—Más te
vale, Agustín —amenazó.
¿Y nuestra
pena qué? A chingar a su madre todo. Estamos de luto. Apagué el celular.
Al dar la
media noche Jorge dijo que iba al baño y no volvió. Una hora más tarde nos
dimos cuenta de que el dinero ya no estaba sobre la mesa. Y la cuenta quedaba a
cargo de tres.
—Ni madres,
yo no voy a pagar toda la cuenta —dijo Salvador.
—Dile eso a
los meseros, baboso y en un momento te echan a la policía —le respondió Juan
Manuel.
—Me vale
—respondió.
Eso sí me
enojó. Así que me le puse al tiro.
—Si tú
pones un pie fuera de este lugar te alcanzo y te parto el hocico, cabrón
—amenacé.
—¿A poco sí
muy verga? —se burló.
—Cuando
quieras y como quieras.
—Pues
éntrale —dijo.
—Tú
primero...
Entre
tantos dimes y diretes terminamos pagando una cuenta de siete mil pesos.
Llegué a
casa con todo el silencio del mundo. Afortunadamente no se despertaron ni mi
esposa ni mis hijos. Ya mañana ella se cobrará todos mis desplantes de hoy. La
conozco bien. Por eso no me preocupo.
Entré
directo al baño. Y mientras cagaba vi una hormiga caminar por la pared. Una
hormiga enorme. Tan grande que podría luchar contra una de esas cucarachas
chicas que salen del jardín en ocasiones.
La verdad
es que no sé nada de insectos. Ni idea de cuáles hormigas son venenosas. ¿Hay
hormigas venenosas? De pronto pensé: “Qué idiota eres, Agustín”. Desvié la
mirada.
Cuando me
estaba lavando las manos la vi de nuevo en la pared, a un lado de la toalla
para las manos. Era negra, patona, cabezona.
—¿Y si sí
es venenosa? —me pregunté.
Tomé dos
cuadritos de papel de baño, los doblé y acerqué para atrapar a la hormiga. Al
levantar el papel no vi al insecto. Lo busqué en el piso y en el lavabo y no lo
encontré. Entonces la vi caminando en mi mano. Todo fue muy rápido. “Me va a
morder”, pensé. ¿Las hormigas muerden o pican? Dirigí la mano al escusado y
dejé caer el papel, el cual se mojó rápidamente, a pesar de quedar en una
orilla donde no había el charco de agua que siempre se estanca.
Al voltear
a la izquierda noté que la hormiga caminaba en el piso. No sé si decir que
corría. ¿Corren las hormigas? El caso es que se movía con agilidad. Tomé otros
dos cuadritos de papel, los doblé y me acerqué a la hormiga escurridiza. La
capturé y lancé el papel al escusado. No la apachurré por miedo al sonido que
produce triturar insectos. Las veces que he hecho eso imagino lo estruendoso
que sonaría el cráneo de un humano en circunstancias similares.
Me detuve
un instante a contemplar a la hormiga que nadaba en el agua hacia la orilla de
esa alberca inmensa. Y lo logró: cual náufrago alcanzó el pedazo de papel
doblado y mojado, como una tabla en medio del océano.
—Ya se ganó
el derecho a vivir —pensé y luego recapacité—. ¿Cuál derecho? ¿Quién soy yo
para quitarle la vida a un insecto indefenso? No me hizo nada. Debe haber miles
de hormigas en toda la casa y yo ni me he dado cuenta.
La hormiga
caminó hacia arriba con dificultad. La imaginé saliendo triunfante, soberbia,
burlona: “Te chingué, cabrón.”
—¿Ah sí?
—jalé la palanca y la hormiga se fue por el drenaje, en silencio.
Con alguien
tenía que desquitar mi furia. Maldito árbitro.
Excelente me gusto.
ResponderEliminarEn ese sin sabor de querer desquitarse con algo o con alguien por una frustración o impotencia de algo, al final es algo estúpido y satisfactorio.
Saludos en espera de más cuentos
Bien. Pero me hubiera gustado que Agustín al final del cuento, despertará de una terrible pesadilla, una muy cruda pesadilla.
ResponderEliminarUno tiene que ser chingón en algún lado y tener la ultima palabra, y como no va a discutir con las personas aunque es cruel, se desquita con un animal. Me pregunto ¿Con qué animal se habrá desquitado Agustín, después de los reclamos de su esposa, al día siguiente?
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