Hace
un par de horas, mientras trabajaba en la computadora, escuché una flatulencia. Alcé
la mirada y vi por arriba de la pantalla de la lap a Homero —un Schnauzer
mediano, negro— acostado en el otro extremo del estudio, observando su ano. No es la primera vez que lo hace.
Últimamente es algo frecuente. Está enfermo: tiene una bola en el recto, le
cuesta mucho trabajo defecar y cuando lo logra sangra. Y los cuatro
veterinarios que lo han revisado no saben qué es lo que tiene. Le han recetado
medicamento y cambio de alimento, pero no le han servido.
Homero y yo pasamos juntos la mayor parte del
tiempo. Mientras escribo, se acuesta a un lado mío o frente al escritorio; si
voy a la cocina o a la sala él también va y se queda ahí. Duerme en la
recámara. Hubo un tiempo que tuvo permiso de dormir en la cama hasta que
intentó apoderarse de todo el espacio, así que volvió a dormir en el piso.
Decir piso suena exagerado, pero tiene tres camas: una para la recámara, otra
para la sala y otra para el estudio.
Su llegada a la casa fue hace ocho años, en contra
de mi voluntad. Ya teníamos una perrita, pero mi esposa lo llevó, primero con
la excusa de que se lo habían encargado y luego elaboró toda una estrategia
para que se quedara. En fin, pasaron varias semanas sin que el perro recibiera
un nombre. Yo le llamaba “perro”. Y él, poco después, asumió que “Perro” era su
nombre. Finalmente recibió su nombre en honor al filósofo Homero, aunque
muchos, en cuanto lo conocen, lo asocian con los Simpsons.
Meses después las travesuras de ambos perros nos
llevaron dar en adopción a la otra perrita. Homero se quedó, pero semanas
después se enfermó de Parvovirus. Las probabilidades de vida eran escasas. La
veterinaria hizo todo lo necesario, el resto estaba en nuestras manos y en el
perro. Estuvo con suero alrededor de dos semanas, en las que teníamos que
dormir junto a él, en el piso, para evitar que se quitara el catéter. Al final
se veía esquelético. Pero lo logró y los siguientes años fue un perro
saludable, muy amigable con la mayoría de la gente, pero en especial con los niños.
Hubo un tiempo que le dio por sentirse
indestructible y se le ponía al tú por tú a todos los perros. Un día, se puso
celoso porque un Pastor Inglés se me acercó muy amigable y se le fue encima. El
otro, por supuesto, lo sacudió como trapo. Los gatos de la colonia y él nomás
no se llevan. Si uno de ellos se atreve a entrar al patio, Homero lo persigue.
En una ocasión sí alcanzó a un gato callejero al que llamo “don Gato”, pero
éste le respondió con tremendos rasguños. Y Homero se quedó quieto, como pensando,
“Ah, chinga, sí se defiende, ¿y ahora cómo le hago?”.
Ayer que lo llevé a caminar, Homero volvió a
sangrar. El perro de mi vecina tuvo los mismos síntomas antes de morir. Ellos
lo dejaron vivir hasta que el animal evacuaba chorros de sangre por todas partes.
Los perros no nos pueden decir con palabras que les duele algo. Uno debería
aprender a reconocerlo en sus gestos, pero somos aún muy primitivos. Sé que hay
quienes sí pueden, pero ése no es el tema.
Ahora veo a Homero acostado, en silencio, y me
pregunto si está descansando o está soportando algún dolor. Ayer llegamos a la decisión que en algún momento, espero
falte mucho para eso, lo tendremos que dormir. No quiero, pero lo último que quiero es que sufra. Al escribir esto no puedo evitar el llanto. Digo, el cabrón a
veces es muy ruidoso y un flojonazo de primera que no lava ni su plato, pero es
buena bestia y se le quiere inmensamente y se le agradece su compañía y paciencia.
Siempre magistral querido maestro, compre todos sus libros hoy no tengo los libros porque los prestó a personas con criterio, cuando tendrá su libro de ciencia ficción y espero que Homero y yo este en uno de sus libros
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