Se oye
un lamento…
Es la agonía de mi pueblo. La voz desahuciada de un canto que se apaga.
Cae la noche y los sonidos ya no son los mismos. Se escuchan detonaciones,
trotes, relinchos, y ese ruido inconfundible de los trajes de metal y los
largos cuchillos de plata. Se respira el hedor de la tortura: tripas podridas,
mierda, pólvora, humo, leña ardiente, carne quemada, sangre chamuscada.
Los templos han perdido su esplendor. Las casas ya no tienen calor. Las
flores que adornaban la ciudad ahora están marchitas. Del canto de las aves ya poco
se escucha. Han buscado otros lugares para anidar. Las sonrisas de los niños se
han desvanecido.
¡Basta!
¿En qué nos equivocamos?
En todo…
… y en nada.
Era inevitable. No se puede detener o desviar el curso de la vida. Este
encuentro entre los hombres blancos y nosotros tenía que ocurrir algún día.
Maldita la hora en que encontraron el camino. Malditos aquellos que nos
traicionaron. Malditos todos. Maldita, palabra que vine a aprender de esta
lengua.
Se oye un lamento…
Hemos permanecido toda la noche, en absoluto silencio, frente a la
entrada principal de Las casas viejas. Somos
alrededor de cinco mil soldados, todos con macahuitles, lanzas, arcos y flechas en mano. Cientos de mujeres
caminan entre nosotros y nos entregan alimentos y bebidas, que muy pocos
reciben. Llevamos más de doce horas sin atacar a los extranjeros. Ha lloviznado
desde ayer en la tarde, por lo cual resulta casi imposible mantener encendidas
las antorchas y las fogatas.
En la penumbra surge una silueta. La sombra de la muerte se extiende
sobre el piso. Sale de Las casas viejas un hombre con la cabeza soslayada. No carga
penacho, ni joyas, ni macahuitl; tan sólo un calzoncillo. Desde lejos se nota su tristeza. El motivo de su desconsuelo es el
mismo por el que hemos estado llorando todos los pobladores de Meshíco
Tenochtítlan desde el atardecer.
Viene a anunciarnos que mi hermano Motecuzoma Shocoyotzin ha muerto.
Sabíamos que hoy —después de permanecer preso doscientos veintiséis días—
moriría… porque así lo decidió. Así me lo ordenó antes de que Malinche, El dueño de Malintzin, me liberara.
Motecuzoma sabía que jamás saldría con vida de esa prisión, irónicamente, la
casa donde vivimos nuestra infancia, el palacio de mi padre, el huey tlatoani Ashayacatl.
Mi
hermano llegó al final de su vida como un esqueleto. Desde que vinieron los
barbudos disminuyó su alimentación a porciones mínimas, hubo días que
únicamente bebía agua. Su preocupación era tanta que casi no dormía. Siempre
fue un hombre delgado, fuerte y ágil, pero nunca el debilucho que acabó siendo.
Jamás encontré tanta amargura en su rostro, ni vi su aspecto tan deplorable, como
en los últimos meses. Motecuzoma iba a morir tarde o temprano. Él lo sabía, el
tecutli Malinche
lo sabía, yo lo sabía…
Suena interesante. Con este arranque, podemos suponer que inicia el relato con la batalla de la llamada "Noche Triste". ¡Felicidades! ¿Cuándo la podremos ver en librerías? Un saludo cordial.
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