Jamás he tenido un iPhone, ni ningún otro celular que se acerque a su costo. La única diferencia entre esta marca y otra es el lujo. Muchos tendrán decenas de argumentos para debatir, pero para mí, ambos cumplen con lo esencial y eso es lo que cuenta.
No digo que jamás tendré un teléfono de esta marca. Soy lo suficientemente humilde como para aceptar un regalo tan soberbio. Ah... El caso es que, sigo sin entender el furor que ha generado este tipo de productos. Las pocas veces que he comprado teléfonos inteligentes (tres) he durado poco con la emoción: unas cuantas horas. Luego de entender su funcionamiento y rebuscar entre las supuestas maravillas termino preguntándome a tono de Bugs Bonny: ¿Eso es todo, amigos?
El año que viene, y el que sigue, y el que sigue, veremos la misma historia: más mega pixeles, cámaras ultra fabulosas, unos cuantos gramos menos de peso y milímetros de más en el tamaño y todos esos detalles, para mi insignificantes y para muchos, la gran diferencia.
Lo que sí me intimida es el futuro y la dependencia que está generando toda esta tecnología. Estamos olvidando la esencia de la vida, la virtud de ser autosuficientes. Ya no recordamos números telefónicos. Peor aún, ni siquiera hacemos llamadas telefónicas. No me imagino la vida con un reloj que me avise cuántos pasos he dado en el día o que controle mi peso. De por sí, me incomoda la idea de saber que estos aparatos llevan un control sobre mi ubicación. Me siento vigilado.
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