Por mucho tiempo tuve miedo a hacer
pública mi condición trans. Hacerlo implicaba muchas cosas. Entre tantas, la
posibilidad de arrepentirme. "¿Y si se trata tan sólo de una
faceta?", me pregunté por casi treinta años. Hoy me da risa, pero no fue
nada fácil. "¿Y si me arrepiento? ¿Y si...?"
En estos días he estado regalando
mi ropa de hombre, mucha de ésta prácticamente nueva. Tenía unos zapatos
blancos que utilicé a lo mucho unas seis veces. En los últimos cinco años he
vivido como mujer en mi casa; únicamente usaba ropa
de hombre para salir a la calle, generalmente jeans, tenis, camiseta y una
chamarra enorme para ocultar mis senos cada vez más evidentes gracias al
tratamiento de remplazo hormonal. Y a las presentaciones de libros, ropa
formal, saco y las ya famosas boinas, para parecer escritor.
Todavía hace unos días me
cuestionaba si en verdad quería regalar esa ropa. Por un instante pensé que
podría utilizarla, pero la simple idea me parecía indeseable. No me nace. No puedo.
Para no hacerles la historia más
larga: al momento de regalar esas prendas no sentí culpa, ni temor, ni
nostalgia; más bien una inmensa alegría porque por fin se estaba liberando un
gran espacio en mi ropero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario