En el método de educación
tradicional, el profesor manda, dicta, califica y el niño obedece, apunta y
memoriza… lo que puede.
¿Qué tan
eficaz es este método? Trabajé diez años dando clases y sé de lo que hablo. Los
maestros mexicanos asumen que hacen un buen trabajo —a pesar de las
deficiencias del sistema—, porque así aprendieron a enseñar, y repiten el mismo
régimen, e ignoran la existencia de métodos superiores. Aunque ya no se aplica
la violencia de hace cincuenta años, el sistema sigue siendo autoritario. El
alumno no tiene la libertad de decidir qué quiere aprender y qué no quiere
aprender.
Para el
sistema tradicional esto suena inaudito. Pero, ¿qué hay de malo en que un niño
se niegue a estudiar biología o geografía? Es cierto que un médico debe saber
de geografía, matemáticas y otras disciplinas, pero también está claro que a la
hora de entrar al quirófano lo único que importa es su conocimiento en
medicina. Ahora bien, se asume que si alguien ya llegó a nivel universitario es
porque tiene los conocimientos básicos, pero no es así. Miles de alumnos llegan
a la universidad con deficiencias asombrosas, comenzando por las faltas de
ortografía. Esto se debe a que en el sistema educativo tradicional se le obliga
al alumno a aprender. Se le satura con información, muchas veces innecesaria.
En Estados
Unidos, Canadá, y países de Europa y Asia, las escuelas, aunque muchas siguen
el sistema educativo tradicional, tienen clases electivas, es decir,
adicionales a las materias obligatorias: deportes, artes, carpintería, cocina,
etc. Gracias a estas materias, que permiten al alumno desarrollar diferentes
capacidades, es que estos países tienen un alto número de creadores, cantantes
sobresalientes, campeones olímpicos, y científicos destacados. ¿Qué habría sido
de Michael Jordan si hubiese sido un alumno en Oaxaca? ¿Por qué Bill Gates
abandonó sus estudios universitarios en Harvard? Porque desarrolló sus
capacidades creativas a tal grado que lo que le enseñaban en la universidad no
le servía.
Algo similar
ocurrió con Thomas Alva Edison, quien aprendió a hablar a los cuatro años y
tras asistir a la escuela, a los siete años, durante tres meses, su madre
decidió sacarlo y educarlo ella misma ya que al niño le parecía muy aburrido y
la profesora lo consideró un niño tonto y preguntón. A los hermanos Wright
también les aburrió la escuela, así que su padre les permitió abandonarla y
trabajar en sus propios proyectos en casa. Con muchos libros en casa,
creatividad, juegos constructivos y la libertad de experimentar y explorar todo
lo que les interesaba, estos dos hermanos se convirtieron en pioneros de la
aviación. Benjamín Franklin con dos años de escuela —de los 8 a los 10— fue
escritor, empresario, inventor, político, y es considerado uno de los padres
fundadores de los Estados Unidos. Se dice que Albert Einstein tenía
dificultades para aprender, lo cual es completamente erróneo, era (y sigue siendo)
el sistema el que tiene dificultades para enseñar. Y como sigue ocurriendo hoy
en día, sus profesores aseguraron que Albert era de lento aprendizaje. Einstein
escribió años más tarde: “El espíritu del descubrimiento y del pensamiento
creativo se pierden en el aprendizaje rutinario.”
Ahora bien,
eso no significa que si su hijo les dice que le aburre la escuela lo deben
sacar y dejar que las caricaturas lo eduquen. Esperar que su hijo se convierta
en un genio sólo porque le da libertad absoluta es ingenuo. En la mayoría de
los casos mencionados, los padres fueron piezas fundamentales en la formación
de sus hijos ya sea proporcionándoles libros, material didáctico y tiempo.
Las escuelas
en México son espacios de aburrimiento. Maestros dictando clases, ordenando,
controlando, regañando. Siempre buscando objetivos medibles, cuantificables y
observables. Formación conductista: cual un adiestramiento canino. Un régimen
en donde la equivocación es sinónimo de fracaso, cuando debería ser al revés:
Está bien que te equivoques, no te preocupes, así se aprende. Thomas Alva
Edison concibió mil formas de cómo NO crear un foco.
Un sistema de
exclusión que lleva a la discriminación: se etiquetan a los niños con
calificaciones: seis igual a mediocre; ocho, ahí la llevas; diez, eres un
sabio. Se les educa a memorizar para competir y no a analizar, cuestionar,
entender, crear. Un método enfocado en teorías y no en el objetivo principal:
el alumno de forma individual. No se toman en cuenta las diferentes capacidades
de cada individuo.
Es naturaleza
de un niño cuestionar ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y cuando llega a la escuela
esa curiosidad es reprimida con el abusivo sistema educativo en el que se
fabrican obreros. Un supermercado, una maquiladora, un hotel no necesita gente
pensante, sino empleados obedientes.
De acuerdo con
diversos estudios, a los cinco años, el 98% de los niños tiene la capacidad de
un genio: son curiosos, creativos, analíticos y de mente abierta. A los quince
años sólo el 10% de ese 98% conserva esas capacidades. La curiosidad y la
creatividad la matan el rutinario sistema de saquen sus cuadernos, escriban
esto porque va a venir en el examen. El conocimiento se desvanece rápidamente
si no se aprende por elección, es decir que el alumno lo desee y lo disfrute.
En otras palabras, el estudiante que aprende de forma autómata lo hace para un
examen, una calificación, un estatus, no para adoptar la esencia de lo
aprendido.
En conclusión,
las primeras deficiencias del sistema educativo tradicional son: uno, que no
enseña lo esencial: ser mejores seres humanos; dos, educa para manufacturar
mientras que escuelas en Holanda, Finlandia, Noruega, Japón, Corea del sur,
entre otros se enfocan en la mentefactura o brain power; y tres, la Reforma
educativa no busca mejorar la educación sino recuperar el control del dinero
otorgado a los sindicatos hace décadas. Ni la SEP ni los sindicatos —en muchas
ocasiones ni los maestros ni los padres de familia— pretenden crear mejores
ciudadanos ni grandes creadores ni pensadores.
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