Mis libros

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jueves, 25 de junio de 2015

Escuelas en México: espacios de aburrimiento

En el método de educación tradicional, el profesor manda, dicta, califica y el niño obedece, apunta y memoriza… lo que puede. 
¿Qué tan eficaz es este método? Trabajé diez años dando clases y sé de lo que hablo. Los maestros mexicanos asumen que hacen un buen trabajo —a pesar de las deficiencias del sistema—, porque así aprendieron a enseñar, y repiten el mismo régimen, e ignoran la existencia de métodos superiores. Aunque ya no se aplica la violencia de hace cincuenta años, el sistema sigue siendo autoritario. El alumno no tiene la libertad de decidir qué quiere aprender y qué no quiere aprender. 
Para el sistema tradicional esto suena inaudito. Pero, ¿qué hay de malo en que un niño se niegue a estudiar biología o geografía? Es cierto que un médico debe saber de geografía, matemáticas y otras disciplinas, pero también está claro que a la hora de entrar al quirófano lo único que importa es su conocimiento en medicina. Ahora bien, se asume que si alguien ya llegó a nivel universitario es porque tiene los conocimientos básicos, pero no es así. Miles de alumnos llegan a la universidad con deficiencias asombrosas, comenzando por las faltas de ortografía. Esto se debe a que en el sistema educativo tradicional se le obliga al alumno a aprender. Se le satura con información, muchas veces innecesaria. 
En Estados Unidos, Canadá, y países de Europa y Asia, las escuelas, aunque muchas siguen el sistema educativo tradicional, tienen clases electivas, es decir, adicionales a las materias obligatorias: deportes, artes, carpintería, cocina, etc. Gracias a estas materias, que permiten al alumno desarrollar diferentes capacidades, es que estos países tienen un alto número de creadores, cantantes sobresalientes, campeones olímpicos, y científicos destacados. ¿Qué habría sido de Michael Jordan si hubiese sido un alumno en Oaxaca? ¿Por qué Bill Gates abandonó sus estudios universitarios en Harvard? Porque desarrolló sus capacidades creativas a tal grado que lo que le enseñaban en la universidad no le servía. 
Algo similar ocurrió con Thomas Alva Edison, quien aprendió a hablar a los cuatro años y tras asistir a la escuela, a los siete años, durante tres meses, su madre decidió sacarlo y educarlo ella misma ya que al niño le parecía muy aburrido y la profesora lo consideró un niño tonto y preguntón. A los hermanos Wright también les aburrió la escuela, así que su padre les permitió abandonarla y trabajar en sus propios proyectos en casa. Con muchos libros en casa, creatividad, juegos constructivos y la libertad de experimentar y explorar todo lo que les interesaba, estos dos hermanos se convirtieron en pioneros de la aviación. Benjamín Franklin con dos años de escuela —de los 8 a los 10— fue escritor, empresario, inventor, político, y es considerado uno de los padres fundadores de los Estados Unidos. Se dice que Albert Einstein tenía dificultades para aprender, lo cual es completamente erróneo, era (y sigue siendo) el sistema el que tiene dificultades para enseñar. Y como sigue ocurriendo hoy en día, sus profesores aseguraron que Albert era de lento aprendizaje. Einstein escribió años más tarde: “El espíritu del descubrimiento y del pensamiento creativo se pierden en el aprendizaje rutinario.” 
Ahora bien, eso no significa que si su hijo les dice que le aburre la escuela lo deben sacar y dejar que las caricaturas lo eduquen. Esperar que su hijo se convierta en un genio sólo porque le da libertad absoluta es ingenuo. En la mayoría de los casos mencionados, los padres fueron piezas fundamentales en la formación de sus hijos ya sea proporcionándoles libros, material didáctico y tiempo. 
Las escuelas en México son espacios de aburrimiento. Maestros dictando clases, ordenando, controlando, regañando. Siempre buscando objetivos medibles, cuantificables y observables. Formación conductista: cual un adiestramiento canino. Un régimen en donde la equivocación es sinónimo de fracaso, cuando debería ser al revés: Está bien que te equivoques, no te preocupes, así se aprende. Thomas Alva Edison concibió mil formas de cómo NO crear un foco. 
Un sistema de exclusión que lleva a la discriminación: se etiquetan a los niños con calificaciones: seis igual a mediocre; ocho, ahí la llevas; diez, eres un sabio. Se les educa a memorizar para competir y no a analizar, cuestionar, entender, crear. Un método enfocado en teorías y no en el objetivo principal: el alumno de forma individual. No se toman en cuenta las diferentes capacidades de cada individuo. 
Es naturaleza de un niño cuestionar ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y cuando llega a la escuela esa curiosidad es reprimida con el abusivo sistema educativo en el que se fabrican obreros. Un supermercado, una maquiladora, un hotel no necesita gente pensante, sino empleados obedientes. 
De acuerdo con diversos estudios, a los cinco años, el 98% de los niños tiene la capacidad de un genio: son curiosos, creativos, analíticos y de mente abierta. A los quince años sólo el 10% de ese 98% conserva esas capacidades. La curiosidad y la creatividad la matan el rutinario sistema de saquen sus cuadernos, escriban esto porque va a venir en el examen. El conocimiento se desvanece rápidamente si no se aprende por elección, es decir que el alumno lo desee y lo disfrute. En otras palabras, el estudiante que aprende de forma autómata lo hace para un examen, una calificación, un estatus, no para adoptar la esencia de lo aprendido. 
En conclusión, las primeras deficiencias del sistema educativo tradicional son: uno, que no enseña lo esencial: ser mejores seres humanos; dos, educa para manufacturar mientras que escuelas en Holanda, Finlandia, Noruega, Japón, Corea del sur, entre otros se enfocan en la mentefactura o brain power; y tres, la Reforma educativa no busca mejorar la educación sino recuperar el control del dinero otorgado a los sindicatos hace décadas. Ni la SEP ni los sindicatos —en muchas ocasiones ni los maestros ni los padres de familia— pretenden crear mejores ciudadanos ni grandes creadores ni pensadores.


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